La vida es ese lapso consiente del ser humano, ese de que respira, ve, siente y almacena eventos y circunstancias en lo que le llamamos memoria, visto desde la biología, que sostiene que la vida es la capacidad de nacer, crecer, reproducirse y morir.

Todos vemos el nacer y el morir de otros, desconocemos como nos montamos en esa aventura llamada vida, al igual que a la desaparición o la muerte. Cada ser humano gasta su vida de la forma que lo considera pertinente, – bueno, en realidad existen otras circunstancias que nos llevaría a otro tipo de crítica sobre “pertinente”, continuemos y no toquemos la política. Cada persona toma elementos filosóficos, sociológicos, religiosos, entre otros que le ayudarán a comprender desde una o varias ópticas sobre lo que debe ser o no ser en la recta denominada Vida. Sin embargo, nuestras primeras sugerencias de esos elementos son la madre y el padre, profesores y sociedad en general fortalecen y reafirman estas herramientas, las cuales nos llevan a elaborar nuestros preceptos.

En mi vida han ocurrido un número determinado de eventos, entre los que destaco la muerte de mis padres, esa que desde que se es niño no tiene cabida en la cabeza, y no tendría por qué tenerla, ya que el papá y la mamá son inmortales a la vista de un infante. Recuerdo cada segundo de esos últimos instantes de mi madre y mi padre, ellos murieron ambos en mis brazos, cada uno por separado en tiempo y espacio, pero en mis brazos. La noche que el alma de mi progenitora dejó este mundo terrenal, era una noche serena, no hacia frio ni calor, las diez y diez marcaban en el reloj, me encontraba en mi casa viendo televisión, un programa llamado “extreme makeover”, no me lo podía perder. Mientras sonaba el celular recordé los últimos instantes alegres de mi madre, esa tarde que estuve con ella, algo extraño sucedía, no quería separarme de su presencia, por más que intenté irme de la casa tan rápido como cualquier otro día, no pude hacerlo. Ella me contó de su dolor en el pecho y yo le respondí que eran las consecuencias de haber fumado tabaco por más de 40 años, un corazón se desgasta, unas arterias y venas se debilitan y por ende todo esto presiona a un final que todos conocemos, pero no aceptamos.

Contesté el celular y al otro lado de la línea estaba la vecina de mi madre, quien con voz agitada me dijo: – tu madre la llevan al hospital, va grave…

Encendí mi motocicleta y en cuestión de minutos llegué a la puerta del hospital, no habían llegado con ella, tres minutos más tarde aparece un carro viejo Renault 9 de color rojo en los patios de la sala de urgencias, mi madre venia en la parte trasera, como pude la saqué y la trasladé dentro del edificio, la llevé a una camilla y allí mientras llegaban los auxiliares de enfermería, me dispuse a aplicar procedimiento de resucitación, presión en el pecho y aire boca a boca, mi padre quien estaba a mi lado, desesperado no entendía la maniobra que le realizaba y me empujó a un lado, reanudé el procedimiento… mi anciana madre dio su último suspiro, abrió los ojos y como si quisiera decirme algo, su mirada se plantó justo directo a la mía, entendí el mensaje, un código que solo lo descifras en ese instante, ella quería irse, su adiós fue ese contacto visual que hasta hoy recuerdo cada noche cuando voy a casa a dormir.

Mi padre y su adiós

Mi padre, hermana y yo, decidimos cremar a mi madre, hacer nuestra ceremonia con familiares y amigos, una en la que quedara plasmada la buena imagen de este ser. Sembramos un árbol en su honor y después de unas palabras y expresiones de recordación, cada uno regresó a sus quehaceres. Mi hermana decidió llevarse a mi padre a la capital del país, allí ella residía; la palabra “llevarse” suena como si fuera un objeto, -la realidad es que a veces tomamos a algunos seres queridos y amados como cosas, pasan a ser inventario de la casa. Papá se convirtió en niñero improvisado, cambiaba pañales, calentaba el tetero y arrullaba a mi sobrino, -lo que nunca hizo con nosotros. Además le tocó aprender a cocinar y hacer oficios de casa como: lavar, planchar y hasta sacar la perra a hacer sus necesidades, – al menos estaba ocupado, mataba la ausencia de su esposa en medio de actividades.

Tres años después, mi hermana regresó a esta provincia, se cansó de trabajar como enfermera privada y de llevar las obligaciones económicas de la casa sola, pues su esposo, un suboficial de la policía que no rendía ni como compañero ni como hombre en los dos hogares que tenía y mucho menos con sus 5 hijos. Regresó y apenas desempacó el trasteo, también desempacó al viejo, a mi padre. Me lo entregó para que yo me hiciera cargo, como es obvio le abrí espacio en mi casa, una habitación y lo necesario para su subsistencia. Más tarde, él quiso irse a la finca donde un hermano y hermana, allí estuvo por casi un año; una tarde recibí una llamada de la hermana de él, ella me decía que mi padre no podía abotonarse la camisa o amarrarse los zapatos, decidí ir a buscarlo y traerlo de nuevo a mi hogar. Lo llevé al médico y le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson. Yo he sido un poco escéptico frente a cualquier diagnóstico que emiten los médicos en este país, -casi siempre son equivocados. Como tal, empecé a darle los medicamentos y el tratamiento diseñado, obvio con algunas alteraciones. Entre las que recuerdo: comidas especiales, tratamiento experimentales con marihuana hierba, ejercicios caseros, y lo que más me funcionó, la lectura. He considerado que un cerebro sano es aquel que se ejercita con la lectura;
-algunas personas hoy dicen que gracias a la lectura que él pudo realizar, murió lleno de conciencia sobre lo que pasaba a su alrededor, ósea la despedida no se hizo antes.

Como toda enfermedad tiene una evolución y esta no fue la excepción. Heridas en sus glúteos por presión prolongada, rigidez en piernas y brazos, pérdida progresiva del habla, no control de esfínteres, en fin una cadena de sucesos previstos en esa patología. Lo que nunca cambió en él, fue su buena voluntad y disposición, su dulce mirada que me desesperaba porque no sabía que más hacer para calmar su ansiedad o dolor moral; -sí, su dolor moral, eso fue lo más profundo para este ser humano. Un hombre que tuvo amigos por montones, y ninguno vino a visitarlo; mi padre se ahogaba en ese dolor, el de no tener nada a puertas de su muerte, y cuando digo nada es completamente nada; solo mi compañía y la de su hija, que en la sinceridad de esta narrativa, solo éramos una cifra intentando hacer lo mejor. En una enfermedad catastrófica, esas que imposibilitan al paciente y a su familia, porque todos quedan reducidos a la impotencia física y espiritual. Nada podíamos hacer.

En los momentos de desespero mi padre y yo, llorábamos; luego él tomaba aliento, tocaba mi hombro y movía su cabeza, ese código significaba “todo está bien, yo estoy bien…” un día empezó con gripa, fiebre y sudoración, le dije que si lo llevaba al médico, el respondió que no, que quizás pasaría rápido este virus. La realidad es que él temía que lo entubaran y le conectarán mangueras y equipos a su cuerpo para mantenerlo con vida. De fondo, yo estaba de acuerdo con él; por mi experiencia como paramédico sé que en el caso de un paciente así, como en las circunstancias en que él estaba, lo más lógico en el protocolo médico sería llevarlo a una unidad de cuidado intensivo. No pasó más de una semana y una noche mientras le daba la comida sufrió un paro cardiorrespiratorio, vi sus ojos girar, su pulso desaparecer y sus labios palidecer, llegaron a un color azul oscuro que se confundía con el morado, apliqué maniobras de resucitación durante más de 20 minutos, en mi desesperación lo arrastré por toda la casa, su cuerpo lo deslizaba para acomodarlo y que no sufriera, esta maniobra dio resultado, volvió a la vida, sus labios retomaron su color lentamente, sus ojos se abrieron despacio, una mirada fija se posó en mí, entre el esfuerzo y el cansancio que sufrimos los dos, él me dijo con voz entre cortada e inentendible por momentos, ¿ por qué no me dejó morir? Mi respuesta no se hizo esperar, – padre, no quería dejarte ir, te vi sufrir. La semana siguiente hacia la misma hora, 8 de la noche la visita de la Parca fue inevitable, apliqué nuevamente maniobras de resucitación y esta vez no daban resultado, lo lleve en mis brazos, tomé un taxi y llegamos al hospital, cosa curiosa al mismo lugar y espacio en donde 6 años atrás había despedido a mi madre.

Hicimos otra ceremonia y otro árbol fue sembrado, hoy mi filosofía de la vida es una distinta a la que tenía cuando ambos seres estaban a mi lado. En un viaje reciente a Europa, estuve dialogando con un amigo, muy espiritual por su puesto. Le conté esta historia con detalles y su respuesta fue: eres un hombre afortunado, porque pudiste despedir a ambos progenitores; muchos de nosotros nos hemos enterado de su fallecimiento en la distancia, nunca supimos cuáles fueron sus últimos instantes en este planeta. Ellos te recibieron al nacer, y tú los despides al morir. Fuiste el último rostro que vieron, el alma que estuvo ligada hasta que abordaron la barca. Eres un privilegiado.

En verdad no sé qué tanto privilegio será tener en la mente, en la memoria el adiós de mis padres, porque al finalizar este texto mi ordenador quedó manchado con lágrimas, y recuerdos como si hubieran sido hoy.