Antiguos buenos modales por Arthur Pahl

El poeta y filólogo alemán Karl Simrock no sólo tradujo el Cantar de los Nibelungos, sino que también nos dejó muchas frases. Una de ellas me toca el corazón, siempre cuando estoy en las calles del centro en Fráncfort del Meno, Alemania.

“La edad debe ser honrada, la juventud debe ser controlada.”

Karl Simrock

Si usted tiene más de sesenta, setenta o hasta ochenta años y tiene problemas para poder caminar, si está caminando con un bastón o, incluso peor todavía, si depende de un andador para discapacidad – el llamado “burrito” – a menudo sucede que tiene que viajar parado cuando está en un tranvía. Nadie le ofrece un asiento.

Un ejército de jóvenes, con sus voluminosas mochilas en sus espaldas, va mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil, tecleando mensajes. Sin darse cuenta de lo que sucede a su alrededor, mantienen todos los asientos ocupados para ellos solos. Algunos hasta miran a la persona mayor directamente a la cara, sin la más mínima intención de movimiento. Nadie se levanta. Una anciana puede caerse desmayada al suelo de un tranvía, ¿a quién le importa?

Si usted mira a su alrededor, en ciudades alemanas pocas veces ve algún implemento para aliviar el día a día de los ancianos. Escaleras mecánicas rotas. Elevadores repletos que ofrecen más espacio para las bicicletas que para las personas. Colas de espera – filas en general.

Hace poco estuve en Brasil y tuve que hacer un trámite en un banco local. Ojo, no en un banco del parque, sino en una institución financiera. Al entrar al vestíbulo, al igual que tantas veces en Alemania, me encontré con una larga fila. Sorprendido, miré y sólo divisé a personas jóvenes alrededor mío. Nadie aparentaba tener más que cincuenta años. Bien educado como soy y como siempre he sido durante 70 años, me paré obedientemente detrás de una joven mujer y esperé pacientemente a que me llamaran para presentarme con mi asunto en el mostrador. ¡Tal cual como es habitual aquí en Alemania!

Después de un momento, una joven que se encontraba en la fila delante de mí me dijo: “Você não precisa fazer cola aqui. Vêm para frente. Têm mais de 60 años, né? (No hay necesidad de hacer cola aquí, adelante. Usted tiene más de sesenta años, ¿cierto?”) La joven me sonrió avergonzada. Perplejo, miré en la dirección en la que la joven señalaba con el dedo y vi un mostrador con un empleado del banco detrás, en el cual no había ningún cliente esperando. Hice como me lo habían recomendado, y fui directamente hacia el mostrador, cuyo empleado bancario ya me saludaba al verme y me atendió en segundos. Estuve menos que cinco minutos en el banco. Pude tramitar todo lo que quería hacer. No tuve que esperar en la fila. Sí – y esto es lo decisivo para mí – me atendieron inmediatamente sin hacer cola y, sobre todo, me indicaron de forma “amistosa y cortés” que por mi edad (más de 60 años) no tenía que hacer cola.

Una semana más tarde estuve en Colombia, más precisamente en Bogotá. Se puede decir lo que se quiera de esta ciudad, pero también aquí tienen mucho respeto por las personas mayores. Nuevamente tuve que ir al banco para depositar algo. Una vez más, me paré obedientemente en una cola de gente esperando ser atendido en un mostrador y sí, otra vez una persona cordial, mucho más joven que yo, me llamó la atención sobre el hecho de que no necesitaba esperar en la fila debido a mi edad, ya que ciertamente tenía más de sesenta años.

Ahora estaba convencido. Todo un continente – del que muchos aquí en Alemania afirman que casi toda la gente de allí es pobre, inculta, moralmente poco fiable, incluso perezosa y por cierto, que no existen buenos modales ni mucho menos cultura – en la vida cotidiana se me ha demostrado como un lugar donde se tiene mucho más respeto por las personas mayores, que en la tan alabada y avanzada Alemania.


Justo cuando terminé de escribir estas líneas, me llamó mi jefe y preguntó si podía acompañar como guía a un grupo brasileño de mayores de edad hasta Heidelberg. Acepté y dos días después viajé con los brasileños de Fráncfort a Heidelberg, donde visitamos al famoso castillo de la ciudad. El día no podría haber sido mejor. El sol brillaba, el cielo estaba azul y mis brasileños estaban de buen humor y alegres de poder hacer esta visita. Sin embargo, algunas señoras mayores de mi grupo de viaje tenían ciertos impedimentos físicos para caminar. Me preocupé de ellas y caminé despacio para que ellas también pudieran apreciar todo lo que les contaba a mi grupo. Cuando salimos del castillo de Heidelberg y nos dirigimos al funicular, un gran curso de niños escolares, entre 6 y 8 años, se paró delante de nosotros en la entrada del funicular y bloqueaba la entrada. Pacientemente, nos paramos detrás de los niños. Mientras tanto, surgió una gran conmoción y observé a las dos profesoras de los niños, en la premonición de experimentar cierto disgusto. Los niños son agradables en sí mismos y es divertido estar en medio de ellos, pero a veces uno recibe una señal cuando los problemas son inminentes. ¡Seguramente saben de lo que estoy hablando, queridos lectores!

Bueno, los niños se volvieron cada vez más y más ruidosos, lo que no era un gran problema en sí, ya que donde hay niños, las cosas son así. Pero cuando entramos al funicular, comenzó un forcejeo por los asientos. Hay que entender que en el funicular de Heidelberger Bergbahn sólo hay unos pocos asientos disponibles. Algunos de los pequeños, ágiles e inquietos, se adelantaron bruscamente y se sentaron en las narices de mis ancianas brasileñas discapacitadas, directamente en los bancos, y miraron descaradamente a señoras de edad, casi desafiándolas.

¡Debí interferir!

Serenamente, pero con determinación, les ordené a los niños que se levantaran y que dejaran los asientos libres para las señoras. Todavía no había terminado de hablar, cuando me interrumpió una joven profesora. De unos treinta y tantos años, delgada, aparentemente terca, nariz puntiaguda, pera ósea y blanca como la nieve, gafas negras finas en la nariz, una expresión avinagrada. ¡La tormenta estaba programada!

Su voz – eso no me sorprendió – era un chillido y encajaba exactamente en el resto del aspecto: “Estos niños nunca han viajado en un funicular. Esta es la única y primer excursión que hacen aquí. Estaban tan contentos de sentarse en frente, bajar en el tren y ver todo. ¿Por qué las personas de edad siempre tienen algo de qué quejarse cuando ven niños a su alrededor?”

Lo admito, normalmente no soy muy tímido que digamos. Pero después de este comentario atrevido de una profesora comprometida con los buenos modales por su función de modelo para los jóvenes adolescentes, esta vez también yo – con mi retórica normalmente tan perspicaz – me quedé sin palabras.

¡Por favor, tómese un momento de PensaTiempo … y medite sobre este asunto…!