Amo los comienzos. Simplemente me encantan. El olor vitalizador de una taza de café recién hervida. O sentir el calor de un pan o un kuchen recién sacado del horno. Pisar arena que no tiene ninguna huella. Abrir un paquete de galletas. El sonido de un corcho al forzarlo para que se abra la botella de vino.

O el sonido al destapar una cerveza. Desde que sé escribir, me encanta abrir un cuaderno en blanco. La magia de todo ese papel en blanco y poder escribir o dibujar lo que sea. Darle sentido con cualquiera que sea la idea que tenga. El cuaderno, con un solo garabato en la primera página, se puede convertir en recetario, listado de compras, cuento de hadas, diario de vida, la nueva novela de un escritor desconocido. Y siempre me ha gustado acostarme en una cama recién hecha, con olor a detergente en las sábanas, las que se acomodan al calor de mi cuerpo. Hay una magia, un encanto muy especial en comienzos, llenos de posibilidades, llenos de promesas, brillantes. Siempre supe que comenzar era algo bueno, algo vitalizante, un desafío que me hace crecer y madurar. O simplemente disfrutar.

Mi problema no son los comienzos, son los finales, las despedidas que ellos contienen. Si quieres llenar la copa de vino, tienes primero que vaciarla. En el caso del vino no es una tarea difícil, pero aplicar esta simple sabiduría a todo ámbito de la vida a veces parece duro. Hay ciertas cosas que puedes terminar y comenzar paralelamente – si abres un paquete de galletas nuevo antes de terminar de comerte el anterior, no pasa nada. Bueno, aparte de adquirir calorías. Pero si debes deshacerte de un lugar para poder comenzar a vivir en otro, ya es otra cosa. Si tienes que cerrar puertas – a veces en las mismas narices de las personas que no te quieren hacer mal, pero tampoco te hacen bien – para poder abrir un pequeño agujero sin la seguridad si ese agujero te lleva a algún lado, es un desafío mayor. Y despedirte de personas queridas, para hacer espacio en el corazón y poder abrirte a nuevas personas queridas, es la tarea más difícil, por ser tan emocional.

Hay despedidas que contienen en ellas mismas la promesa evidente de un comienzo. Cuando nos cambiamos de casa, nos despedimos de recuerdos y experiencias hechas en ese antiguo hogar, pero sabemos que vamos a hacer nuevas experiencias en el nuevo hogar. Y aunque cueste el cambio por el trabajo que hace, es necesario y puede ser para mucho mejor.

Al despedirme de un libro que acabo de leer, sé que hay tantos millones más que puedo leer, y que hasta podría volver a leer el libro que acabo de leer, por lo que la despedida se hace fácil. Aunque hay libros que uno quisiera que fueran interminables. Bueno, de cierta forma lo son: queda en nuestra mente para siempre.

Hay tendencias minimalistas de organización de hogar que dictan deshacerte de una cosa antes de adquirir otra. O sea, si quieres comprar unos zapatos, primero revisa los que tienes, deshazte de un par, y luego puedes adquirir otro. El método KonMari de la japonesa Marie Kondo va más allá: revisa todas tus pertenencias; lo que te dé alegría, lo guardas, lo que no te causa alegría, lo que no tiene esa magia para hacerte brillar los ojos, tiene que salir de tu hogar, bótalo. Aunque no soy fanática del método ni vivo de manera minimalista, creo que eso aplica en el fondo para todo, también para relaciones. Si las personas con quienes te encuentras en tu vida cotidiana, sea en la calle, en el vecindario, en el empleo, en tu familia, en tu círculo de amistades, si ellas no te hacen feliz, aléjate de ellas. En este caso, no empleo el término “felicidad” en el modo consumista y a corto plazo, claro está que nuestros amigos, familiares y vecinos tienen malos días y puede ser que durante ese momento no nos causen risa y hasta necesiten de nuestra ayuda para sonreír. Pero hablo de “felicidad” en el sentido de que nos sentimos bien al estar con ellos. De que queramos compartir con esas personas hasta en sus malos momentos porque preferimos la compañía de éstas cuando lloran a las otras que ríen, pero no nos hacen felices.

Hay momentos en la vida en que uno se percata de ello. Para mí, un momento decisivo fue cuando falleció mi padre. Esa fue una despedida muy conmovedora, marcándome para siempre y un final de esos en los que uno duda de la bondad de la vida, de la existencia de felicidad y de la esperanza en si. Físicamente, yo no fui a ninguna parte, pero cambié, me alejé, me encerré dentro de mí. Y muy pocos quisieron aguantar ese rato. Cuando, después de meses, volví a la vida, cuando había aceptado la muerte como parte de la bondad de la vida, como parte de la razón de existencia de la felicidad, cuando acepté que la esperanza incluye la muerte también, yo había cambiado y comencé a cortar lazos amistosos. A todas esas personas no le deseaba mal, pero no me habían hecho bien. Ni yo a ellas. A largo plazo, era mejor concentrar mi energía en personas a quienes les hago bien yo y quienes me hacen felices a mí.

Mi desafío elementar ahora es, por lo tanto, no apurarme tanto en comenzar cosas nuevas, pero terminar bien las cosas antiguas. El comienzo es inevitable, y mucho más si terminas bien, de manera limpia. Si consigues hacer tabula rasa, si logras limpiar, vaciar, ordenar bien, abrir espacios, barrer, hacer una limpieza profunda (emocional y real) dejas que las cosas nuevas tengan un espacio, un escenario en que puedan ocurrir y suceder. Trato de ver el comienzo en la despedida.

Un amigo mío decía que no existen los problemas. Los problemas eran soluciones en trámite, eso era todo. Aplicando esto en un marco mayor, podemos decir: no hay despedidas. Despedidas son comienzos en trámite.

Tramitemos, pues.

Soledad Marquez

Soledad Marquez es alemana y chilena; nacida en Alemania, creció en Chile y en Brasil, estudió en Alemania y vive ahora en la patria de su corazón, Chile, a la orilla del mar. Ella estudió literatura española, francesa y portuguesa y ama los libros. Además, le gusta surfear y colecciona conchitas al pasearse en la playa con su marido y su hija.
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