Puedo ver día a día el goteo de vida que se desprende de ti,. Es un proceso lento pero puedo ver la enfermedad dibujando líneas en tu cara, puedo ver cómo tu piel se vuelve transparente y cómo un lastre parece colgar de tus labios cuando tratas de sonreír. Te mantienes bien por un tiempo, es invisible desde afuera, sólo sabemos que la enfermedad está ahí. Y luego ya no aguantas tan bien, aunque puedo decir que estás luchando duro para que no se te note. Pero todas las luchas no lo hacen. Te vuelves cada vez menos, hasta que siento como si me estuviera abrazando a mí misma cuando te tengo en mis brazos. Te afeitamos la cabeza, te sacamos una foto y los trapos de colores que compramos para ti esconden el hecho de que tus ojos ya se han vuelto opacos.

Nunca hubo esperanza. Lo descubrieron demasiado tarde y nadie trató de engañarnos. Sabemos a lo que nos enfrentamos. Así que me siento junto a tu cama tan a menudo como puedo, mientras sigues vomitando hasta que temo que te ahogues por todas las arcadas. Cuando tienes un buen día vamos a dar un paseo y por la noche te abrazo en la cama como cuando era joven y las pesadillas me perseguían. Tratas de hablarme de lo que va a pasar, pero no lo logro. No quiero hablar de ello, quiero alejar los pensamientos lo más que pueda, no quiero pensar en ti como en alguien que ya ha dejado de existir, mientras tu estás sentada justo delante de mí, débil, pero innegablemente viva.

Mientras te persiguen de un tratamiento a otro, tratando de ahorrarte meses, semanas o incluso días, tomo un préstamo estudiantil y cuando veo la primera tarifa en mi estado de cuenta mensual, siento que me duele el estómago como si hubiera bebido ácido. No quiero este dinero, No quiero nada de esto. Quiero que todo sea como antes o al menos ir a casa, arrastrarme a la cama, ponerme la manta en la cara y esperar hasta que todo haya terminado. Pero no es así como funciona.

Un día me llamaron del hospital. Parece que tu cuerpo ya no tolera la quimioterapia. Te recojo y cuando llegamos al coche empiezo a hablar de opciones. Opciones que estoy buscando desesperadamente, pero tú me agarras por los hombros y por un segundo puedo ver la vieja chispa en tus ojos, como tú dices: Déjalo estar. No hay nada que podamos hacer. No hay nada que temer.

Pero no está bien. No para mí. Tu marido está haciendo planes para mudarse con mis hermanos. Más cerca de sus padres. Pierdo el control y le grito ¿cómo puede ser capaz de pensar en algo así?, cuando todavía está aquí, y cuando veo la expresión de su cara toda mi ira se evapora y lo abrazo como nunca antes lo había abrazado mientras el llora en mis brazos.

Y finalmente llega el día. Apenas he salido del hospital en las últimas semanas, quería pasar cada minuto que nos quedaba contigo, y en el fondo todavía estaba esperando un milagro, una solución inesperada, un giro del destino que nunca llegó. Estás muy tranquila cuando sucede, y yo trato de sentir lo mismo, sentirlo por ti, así que puedes irte sin preocuparte por mí. Pero en mi interior todo sigue luchando contra la realidad. No puedo aceptar esto. Pero tampoco puedo evitar que te vayas. Y cuando te has ido, siento que me estoy cayendo a pedazos.

Pero no, no tuve que aceptarlo. Porque esto nunca sucedió. Casi nada de esto es cierto. Sí, estabas enferma, pero había esperanza. No mucho al principio, pero también no muy poco. Y la esperanza creció mes a mes, cuando comenzaron el tratamiento. Y cuando te afeitamos el cabello y te pusimos los trapos en la cabeza, tus ojos no estaban apagados. Y la enfermedad forjó líneas en tu piel que nunca se deshicieron, pero tu sonrisa regresó. Y el peso que has perdido ya lo has recuperado y cuando te abrazo puedo sentir tu cuerpo moverse mientras respiras en mis brazos. Estoy devolviendo el préstamo estudiantil. Nunca lo usé. Y mis hermanos están creciendo y no hay una tristeza duradera escrita en los ojos de tus hijos.

Con el paso de los años, el miedo que solía apoderarse de mí por las mañanas se ha debilitado y a menudo ni siquiera pienso en ello. Sólo a veces, cuando te llamo, oigo un ligero recuerdo de la enfermedad en tu voz, puedo sentir tu ansiedad y la pregunta de si acaso, esto fue realmente todo. Pero no espero que me llames y me digas que el cáncer ha vuelto. Sé que puede pasar, pero estoy casí segura de que no.

El velo oscuro que ha sido arrojado sobre nuestra vida se ha levantado. Es como presenciar los primeros días de la primavera, cuando la naturaleza se recupera lentamente del frío profundo del invierno. Empezamos a reírnos de nuevo, a hablar de cosas diferentes, nuestras miradas escépticas se borran de nuestros rostros y empezamos a abrir los ojos al mundo, que todavía está ahí y del cual tú aún formás parte.

No olvidamos, pero tampoco intentamos recordar constantemente. Sólo queda una cosa. Cada vez que te veo, sé que esto no es algo que se pueda dar por sentado. Pienso en los que fueron menos afortunados y en cómo han sufrido sus familias. Me quita mucho peso del pecho cuando me doy cuenta de que no tenía que ser una de ellos y al mismo tiempo me recuerda que tengo que apreciar cada momento en el cual estás sana, que yo estoy sana, que estamos vivas. Tenemos suerte. Y estoy agradecida.