Por la ventana de cristal opaco por el blindaje , observo pasar luces de colores, letreros gigantescos que inundan la gran avenida, la lluvia no cesa en esta noche, ríos de agua recorren el parabrisas de la camioneta, mi cabeza se mueve a la izquierda y ahí está él, la persona más poderosa del mercado de las esmeraldas a quien debo proteger, sus labios no se mueven, su mirada se pierde a lo largo de la calle y sólo el movimiento del pecho me alerta que aún está con vida; adelante está el conductor, un libanés, carismático y alegre.

El semáforo pasa a rojo y la camioneta se detiene, ahora mis sentidos están más agudos que de costumbre, veo y escucho como golpean sin cesar las gotas de lluvia sobre el capó, parpadeo para humedecer mis pupilas, giro a mi derecha y a través de la ventana veo a un hombre que todas las noches aparece en nuestro recorrido, lleva un impermeable azul que cubre todo su cuerpo, su casco es negro, que lo hace parecer de otro mundo, la motocicleta que conduce es de alto cilindraje , lo sé por su sonido ensordecedor que me recuerda la primera motocicleta que tuve; el hombre nos mira fijamente, y dentro de mi cabeza resultan imágenes que se confunden unas con otras como queriendo decir algo, el peligro es inminente, él inspecciona rápidamente el carro y, su mirada profunda se detiene frente a la mía; sé que algo no anda bien, mis ojos recorren su cuerpo rápidamente y detallo cada movimiento que realiza, al llegar a su cintura el impermeable se abre tan lentamente que veo como las gotas de lluvia que estaban alojadas en él vuelan por el aire, sus manos sostienen  una subametralladora automática que dispara con firmeza contra nosotros, mi corazón aumenta su palpitar, doy la orden de arrancar con rapidez para lograr sacar a mi protegido, pero el libanés ya está tendido sobre el timón, la sangre brota de su cabeza y se confunde con las gotas de agua, -¡le han dado!-. Las ventanas del vehículo se empiezan a debilitar, la misión está en peligro, el Dr. Varela puede morir, entonces, lo tomo por el cuello y llevo su cuerpo al piso de la camioneta, él ya no tiene la mirada perdida en el horizonte, ahora lo único que tiene enfrente es el tapete plástico de del asiento trasero, y mi cuerpo sobre el suyo lo protege, soy su única salvación, él pronuncia algunas palabras que no logro entender, llora desesperadamente, sus lágrimas mojan mis manos, en una fracción de segundo logro pasar al volante, el cadáver del conductor se convierte en mi escudo, acelero el carro, pero pronto se detiene al chocar contra otro que está adelante, es demasiado tarde… Estamos rodeados. Mi voz se marchita, tiembla y lo único que puedo emitir con fuerza es -¡alto el fuego, nos rendimos, nos rendimos!, maldita sea- El silencio se vuelve profundo, la lluvia ya no golpea nuestro acorazado, la espera es larga.

De pronto, el pito de un taxi me despierta del sueño, vuelvo a la realidad, el semáforo ha cambiado su color, miro nuevamente a mi izquierda, el Dr. Varela está aún con vida, y yo esperaré el momento para poner en práctica las tácticas aprendidas, en los campos de entrenamiento del medio oriente.

¿Te gustó este artículo? Usted puede apoyarnos con PayPal!