Cuatro caminos hay en mi vida…Cuál de los cuatro será el mejor…Tú que me viste llorar de angustia…Dime, Paloma, por cuál me voy…

¡Y que empiece este escrito a ritmo de música ranchera!, evocando al gran cantante y compositor mexicano José Alfredo Jiménez con su canción Cuatro Caminos; que fue sin lugar a dudas una de sus mejores melodías dentro de la cultura popular de México. Y si algún día mis valentia me lo permiten, exorcizaré en un escrito las historias de amor y desamor que me llevaron a contemplar aquella música con total fascinación.

Por hoy, empezaré diciendo que esta canción me hace recordar parte de mi juventud cuando solía escuchar este tipo de música; acompañada de boleros, son cubano y tonadas propias de la zona campesina de Colombia; que por razones muy cercanas a mis vivencias me hicieron sentir identificada; aun cuando mi edad no correspondía a un gusto propio de la generación de mis abuelos.

Ese gusto a veces me hizo sentir fuera de lugar con mis compañeros de universidad, quienes escuchaban canciones modernas propias de nuestras edades y que para mí eran un poco sosas; pues a los 17 años yo ya había recorrido muchos caminos y algunos de ellos no muy gratos.

Escoger una carrera, empezar una relación sentimental, un viaje, un nuevo empleo; son a menudo dilemas cotidianos en los que debemos decidir un camino; y esto sí que es difícil. Entonces acudimos a nuestros familiares, amigos, el sacerdote, los horóscopos y en casos extremos al vecino chismoso; para recibir una mano, una luz acerca de la mejor decisión. En esa búsqueda desenfrenada hacia afuera dejamos muchas veces pasar por alto la mejor respuesta que se halla en nosotros mismo.

Desde mi experiencia en el camino de la vida puedo decir que anduve por muchos rumbos mirando hacia afuera para no tener que reconocerme y aceptar mi unicidad; pues era más fácil y menos doloroso sentirme igual que los demás antes que abrazar y agradecer mi condición única, mi propio sello.

Mirar afuera me mantuvo distraída de tomar decisiones apremiantes; pero que por temor a trazar limites, miedo al rechazo, a la soledad y falta de fidelidad conmigo misma; me conformé con lo poco, con la fantasía del oropel y andando caminos ya recorridos. Sin embargo, de cada experiencia vivida aprendí las lecciones necesarias para tener el coraje de disponer mi ser a un viaje interior y único.

Con gozo puedo decir que estoy hallando mi propio camino; ahora es cuando empiezo a entender que en realidad si existe un brillo que no corroe y que da la paz que sobrepasa todo entendimiento. Consciente de no haber llegado al final del camino, celebro y agradezco cada paso que me lleva a él; y como van siendo reivindicados caminos perdidos e inocencias desperdiciadas de mis 17 años.

En ese camino interior donde habitan nuestros más íntimos sentimientos y nuestros más deliciosos perfumes, he tenido un cara a cara y un encuentro sin máscara con mi propio ser y con aquel que siempre me ha amado; un encuentro con el Padre que conoce mis virtudes y mis miserias; y aún así me ama como su hija predilecta y sin condiciones.

Es ahora cuando empiezo a entender que lo que he sido afuera, lo que he defendido y lo que demostrado, se somete deliciosamente a un acto de entrega y rendición total; donde sobra la elocuencia de la palabra, mora el silencio y se llega a la paz.

En estos momentos únicos mi ser empieza a vibrar en sintonía con el espíritu de Dios; y llena de su paz, el camino a tomar es más claro, liviano y placentero; pues no soy yo quien lleva las cargas, soy yo quien se goza el caminar. Continúo mi andar con una claridad mental jamás experimentada, sabiendo que el camino tomado a pesar de no conducirme siempre a lo que añoran mis sentidos y mis pasiones; es el camino correcto, aunque esto implique renuncias.

La victoria no está al demostrar que fueron mis antojos o mi propio beneficio los que me llevaron a tomar una decisión; el gozo está en hacerme más consciente del valor de esa luz que habita en mi para que muriendo a mis egos y caprichos deje entrar a mi vida la luz verdadera, aquella que me sustenta y es capaz de iluminar a otros.

Mi camino vocacional que empecé a transitarlo un verano de 2004 en Estados Unidos llego a mi vida de forma inesperada; pues en ese entonces yo me desempeñaba como periodista recién graduada en una cadena de radio de la capital colombiana. A pesar de ser una experiencia única y de gran prestigio; yo no estaba preparada para recibirla y a la vuelta de tres años mis fuerzas físicas y mentales estaban completamente colapsadas. Fue entonces cuando por invitación de mi hermana mayor salí de mi país hacia Escocia con el deseo de tener un periodo de descanso; sin imaginar que meses después terminaría en Estados Unidos con un proyecto de vida completamente diferente.

Por aquella época de mi vida en Estados Unidos, sentía una apatía única por aprender inglés y oh sorpresa…todos los trabajos a los que aplicaba requerían una destreza mínima del idioma. Un día, viendo los anuncios clasificados, me encontré con un aviso que en apariencia estaba hecho para satisfacer mis deseos y sin ingles a bordo. Qué emoción!.

El anuncio era corto, sencillo y contundente: “Se requiere profesora con español nativo para trabajar con niños”. Esto era justo lo que necesitaba; un trabajo en mi idioma y con la ternura que caracteriza a los niños, entonces anticipé mis éxitos sin dudarlo. Antes de ir a la entrevista me prepararé pensando las posibles respuestas; no soy profesora, pero mi español basta. No tengo experiencia con niños, pero el amor fluirá… en ambos cálculos estaba muy, pero muy equivocada y no dimensioné el agua que me correría pierna arriba.

Fue un amor a primera vista, un trabajo que me caiga justo como anillo al dedo y en un lugar súper exclusivo. Mi simpatía latina y entusiasmo hizo que me ganara el cariño inmediato de la directora. Fui aceptada casi al instante y de allí en adelante empecé a vivir una breve luna de miel en mi nueva experiencia laboral.

Los primeros días fueron de alegría y novedad; el entusiasmo y las ideas fluían. Los niños eran todo amor, prestos a participar en todo y yo empecé a desvivirme por llevarles títeres, juegos, burbujas de jabón, rondas, música, golosinas…muchas golosinas. Por supuesto ellos lo aceptaban con mucha alegría y yo pensaba que así haría los suficientes méritos para ser la profesora perfecta y feliz; olvidando que en sus pequeñas cabecitas yo estaba siendo analizada con lupa.

Luego de dos meses de plena armonía, empecé a notar que me estaba desgastando y que lo que había funcionado para ganar su atención y simpatía ya no era novedad. Empecé a notar que los niños me veían casi como una hermana mayor con quien querían jugar todo el tiempo pero a quien no le tenían el más minino respeto. Un día una de las niñas se rió en mi cara y me dijo algo en ingles que no comprendí pero que dolió, créeme que me dolió.

Esa situación me desgastaba los nervios, cada tarde llegaba a casa literalmente desecha en llanto y frustración. Finalmente la directora me llamo a su oficina y luego de reconocer mi esfuerzo y mi entusiasmo, me hizo una de las mejores invitaciones que he tenido en mi vida y sutilmente me dijo, “Marcela te gustaría empezar a capacitarte en el área de la pedagogía?; si así lo quisieras, nosotros te brindaríamos todo el apoyo para que tengas la oportunidad de mejorar tu desempeño profesional, aprender lo que requieres en este campo y de paso practicar inglés”. En un momento todo a lo que le había huido para buscar atajos en mi camino feliz, se desboronó. Reconocí con humildad que en el camino de la vida no se puede demeritar la otra parte por pequeña que parezca, ya que algún día el juego se puede tornar en tu contra.

Una vez dicho si y tomada la ruta se abrió a mi vida un nuevo mundo en el que aprendí los fundamentos de mi carrera, las destrezas que se deben adquirir para ejercerla con decoro y dignidad, a controlarme para no resquebrajarme en nervios en momentos que se requieren de firmeza y asertividad; y sobre todo a amar profundamente a mis estudiantes desde su condición y no desde lo que yo quisiera que fueran; todo con el ánimo de ser un instrumento de servicio entre lo que ellos son y las cosas maravillosas y grandes que puede llegar a ser.

Hoy me siento profundamente agradecida y honrada con aquella directora que no dudo en confiar en mí; quien no me desechó al primer error y quien me abrió las puertas de su colegio para que yo pudiera aprender y adquirir la experiencia necesaria en lo que sería en lo sucesivo mi proyecto profesional y de vida.

Recuerdo cuando veía a mis maestros explicando con generosidad y entrega lo relacionado en el campo de la pedagogía. Después de una clase me acerque a una de las profesoras y expresándole mi admiración le dije que un día quería ser como ella y ella me respondió…”Marcela, serás feliz el día que seas como tú”. Ahora en pleno ejercicio de mi carrera, ahora que cuando sonrío ya se me notan los primeros signos de la edad y cuando en mi cabello ya aparece mi primera cana, comprendo plenamente el significado de sus palabras; ahora sí que soy feliz siendo yo misma en lo público y en lo privado.

Y es que empezar un camino llena de emoción, todo es color rosa, el efecto de la novedad desborda los sentidos, pero esas etapas iníciales pasan y llega el desgano y el hastío. El mantenerse sí que cuesta; pero vale la pena, porque cada vez me hace mejor. Finalmente es el camino del amor en todo lo que hago a diario lo que me sostiene para no desmayar, para seguir perseverando, para recobrar fuerzas y secar las lágrimas ante la adversidad y muy en calma escuchar mi voz que me dice, sigue nadando Marce, pues fue el camino que tu decidiste en libertad y convicción…gózatelo!