La bailarina de Degas
coloca en la punta
de la zapatilla derecha
toda su existencia.

En el ápice del equilibrio
de inmodestas volteretas
y flash,
desde el silencio irrumpe
un rostro
que la devuelve a su infancia.

Pierde el contrapeso del olvido
y precipita,
y se quiebra.

La bailarina de Degas
tuvo una vez un padre.