El F. Scott Fitzgerald perdido

Después de que Tod Browning había lanzado un éxito cinematográfico sorpresivo para MGM con la película “Dracula” en 1931, los propietarios de los estudios le dieron carta blanca para la próxima película. Una decisión de la que se arrepintieron un año más tarde. “Freaks” jamás llegó a ser mostrado en cines, siendo guardado en los confines del armario de venenos del estudio.

Años más tarde se ha vuelto a encontrar, y desde entonces pertenece a las obras maestras más ambivalentes de Hollywood de esa época. La narración de Browning sobre Hans, el hombre enano que gana su vida como actor en un circo que viajaba por Estados Unidos, y al que una linda actriz iba a robarle su dinero, era demasiado “horror” para el gusto de los jefes de estudio. Especialmente, porque Browning prescindió de maquillaje o cualquiera de los comienzos de efectos especiales, y reclutó sus actores de circos de freaks reales.

The World’s Work – The World’s Work (June 1921), p. 192, Gemeinfrei, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=20682590

Los gemelos siameses, la mujer con barba, el hombre sin brazos y sin piernas y todos los otros se representaban, por decirlo así, a sí mismos. Y ya que ellos trabajaban en los estudios de MGM, pasaban sus recreos obviamente en los casinos de comida. Allí se sentaban juntos, sin embargo solos, porque ninguno de los otros actores, comparsas, técnicos o autores de MGM quería compartir la mesa con ellos. Pero de vez en cuando, alguien rompía esa exclusión, uno de ellos era F. Scott Fitzgerald.

Me gusta contar esta anécdota de los días remotos de Hollywood, cuando me preguntan cómo caracterizo a F. Scott Fitzgerald. Aunque, o tal vez justo porque, es tan atípica para este hombre, cuya vida era una aspiración sin fin por tener éxito y por ser admitido en la alta sociedad. En1932, cuando se desarrollaron estas escenas, Fitzgerald ya había llegado a su fin. Con solo 36 años, le quedaban ocho años hasta su muerte prematura, había sido alabado como el autor más importante, había formado con Zelda la pareja de los años 1920, y sin embargo ahora se ganaba la vida como autor de guiones insignificantes. Ganaba lo suficiente para pagar el alcohol y las cuentas de la clínica de Zelda, quien pasaba su vida en sanatorios. EL hombre que había estado en la cima, ahora nuevamente estaba muy abajo. Eso no le era nuevo, pero esta vez el ascenso, el comeback, le iba a ser negado.

“Dame un héroe, y yo te escribo una tragedia.”

F. Scott Fitzgerald

En nuestros tiempos actuales vivimos en una sociedad que está cohesionada por una mentira. Es la mentira del posible ascenso. Si solo te esfuerzas lo suficiente, si trabajas duro, si te educas, si eres lo suficientemente pillo, entonces el camino te llevará hacia arriba. Cualquiera puede crear su propio paraíso, eso dicen. Y se añade sin expresarlo específicamente, que a quien no le resulta es porque tiene la culpa. Las circunstancias familiares pusieron al pequeño Scott en una posición similar. El padre era un hombre de comercio sin mucho éxito, pero la madre era de una familia adinerada. Por eso, el pequeño Scott visitaba colegios para niños de familias acaudaladas. Eran colegios en los que él sentía rápidamente que no pertenecía allí. Fue una experiencia marcadora, con aspectos positivos y negativos. Fitzgerald descubrió ya en esos tiempos su talento de escritor. Escribía cuentos cortos y obras de teatro, de ese modo adquirió el reconocimiento que el buscaba. Pero también desarrolló aquella ansia de perten ecer al grupo de éxito a cualquier precio, de convertirse en alguien famoso, rico, y sobre todo importante. Lo que inició durante los próximos años, él lo comenzó con esperanzas prácticamente irreales. En Princeton quiso ser la estrella del equipo de football, pero después de un solo día de entrenamiento le hicieron entender que con su cuerpo chico y delgado tenía más semejanza con una pelota que con los otros jugadores. Nuevamente se dedicó a escribir, de manera exitosa, pero esta vez tan fanáticamente que no hacía más que eso, aparte tal vez de beber excesivamente. Ambas cosas juntas llevaron a que dejara el College sin título.

Fue el anuncio de Estados Unidos de participar en la Primera Guerra Mundial lo que previno su derrumbe. Siendo oficial, fue con su regimiento a Alabama, donde esperó el embarque hacia Europa, matando el tiempo en Country Clubs. Y el destino quiso que se encontrara allí con su “Golden Girl”, con la hermosa joven de los estados sureños Zelda Sayer. Se encontraron dos almas gemelas, lo que fue maldición y bendición al mismo tiempo. Al final aquí se unieron dos espíritus insaciables sin que uno pudiera hacer razonar al otro, pero hasta que se encontrara de manera definitiva la pareja de los años 1920 de oro, debió pasar algo de tiempo. La guerra terminó, antes que Fitzgerald se hubiera embarcado y el fue a Nueva York, trabajó escribiendo textos publicitarios, y cuando quiso que Zelda se fuera a vivir con él como su esposa, ésta se dio cuenta que su propio estilo de vida era un poco diferente. El sueldo de un escritor de textos publicitarios no podía financiarle sus caprichos, le faltaba el glamour.

“Crecimos y basamos nuestros sueños en la promesa interminable de la publicidad estadounidense.”

Zelda Sayer Fitzgerald

Cuando recibió el mensaje de Zelda que ella quería terminar su compromiso de boda, F. Scott Fitzgerald desapareció en una borrachera que duró unas tres semanas, para al final reaparecer en la pequeña ciudad de sus padres. Pero aún era joven y lo suficientemente ambicioso. Pidió cigarros y comenzó a escribir como un loco. Al final surgió “A este lado del paraíso”. Esta obra fundó su fama, fue fundamento para la literatura de los nuevos tiempos después del final de “la Gran Guerra que irá a terminar todas las otras”. Fitzgerald se encontraba en el comienzo de algo, que hoy en día es denominado “Lost Generation”.

en:Image:Zeldaportrait.jpg, originally scanned from „Zelda“ by Nancy Milford. Scanned by en:User:Pantherpuma, Gemeinfrei, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3048741

De un día para otro, F. Scott Fitzgerald no era aquel hombre joven de los sueños grandes de una pequeña ciudad cualquiera en los Estado Unidos, era una estrella en el cielo de la literatura norte-americana. Y tenía la suficiente fama para cambiar la opinión de Zelda.

Bien está lo que bien acaba… La pareja amorosa se fue a vivir a Nueva York y comenzó una vida en los locos años 20 del siglo 20. Él era aquel autor que expresaba el sentimiento de vida de aquellos tiempos como ningún otro, ella era la que fundamentó el mito del “Flapper Girl”, el ideal de mujer de aquella época. Los Fitzgerald eran el epicentro de la nueva era, vivían a lo grande en el presente, nunca para el futuro. Sin embargo era una vida como de ensueño, y de vez en cuando también éstas te pasan la cuenta. De manera proverbial y en las consecuencias que tiene el cuerpo humano, que no siempre quiere de la manera que el espíritu libre lo exigían los Fitzgerald, en esos años era prácticamente imposible separar Scott y Zelda, y encontraron una última salida para no estrellarse con el final predestinado: Paris.

Paris en aquellos años tenía también en los Estados Unidos, tan distante, un sonido irresistible. Ya en el año 1903, la norte-americana Gertrude Stein se había establecido allí y junto en su entorno en una función de autora, editora y coleccionadora de arte, principalmente a partir del fin de la Primera Guerra Mundial, muchos artistas como Picasso no solamente colgaba de las paredes del hogar de Getrude Stein, él también era visitante regular como Henri Matisse. Y los autores norte-americanos y grandes narradores Sherwood Anderson y Ernest Hemingway eligieron Gertrude Stein como punto de referencia para su vida en Eouropa. Luego, F. Scott Fitzgerald iba a ser parte de ese grupo.

“Somos dos acróbatas deplorables.”

Ernest Hemingway

Bien está lo que bien acaba… Aunque los Fitzgerald nunca se familiarizaron mucho con los franceses en sí, se adaptaron bastante bien. Hicieron amistades, pasaron mucho tiempo en la Riviera francesa. Escribían ambos, porque Zelda también era una escritora talentosa, cuya maldición de por vida fué llamarse “Fitzgerald”. Hasta hoy sus pocas obras publicadas son conocidas solo por unos pocos en el ámbito literario, quienes sin embargo la valoran. Nació el pequeño Frances, el único hijo de los Fitzgerald. Ernest Hemingway y F. Scott Fitzgerald comenzaron una amistad entre hombres, en la que Hemingway sin embargo, tuvo que constatar más de una vez que él se encontraba en el papel de un hermano mayor a cargo del cuidado del amigo. Aunque el mismo no se negaba a un buen trago de alcohol, no sabía que le causaba más preocupación en su amigo, si las cantidades impresionantes de albohol que tomaba su amigo a diario, o los cambios de ánimo constantes que lo azotaban a diario. Además, se evidenciaba, cada vez más, que los
Fitzgerald eran una de esas parejas que se amaban y aporreaban. Sus peleas se volvieron tan legendarias como su enamoramiento.

Pero por última vez era el momento de vivir la vida de manera excesiva. Mientras habían festejado en nueva York a la nueva era, comenzaron las fiestas en la cima del volcán mientras en Europa entera se esparcía el fascismo. En Italia, Mussolini ya había comenzado su régimen, en Alemania el ascenso de Hitler parecía inevitable, pero también en Francia y en Gran Bretaña marchaban los fascistas por las calles, en cuyas casas retumbaba la música fuerte y los ruidos de fiesta de una generación que llegaba a su fin. Eran los años en los que F. Scott Fitzgerald se dedicó a escribir, además de los cuentos cortos, la novela por la que siempre será recordado: “El Gran Gatsby”. Habiendo escrito con “De este lado del paraíso” aquel libro que anunciaba el comienzo de una era, termina esa misma era con el gran Gatsby. Aquella narración, que describe desde la posición de un observador, la vida de un hombre en ascenso que solo está siendo movido por la ambición de ganar el “Golden Girl”, que anteriormente no había podido conquistar por su origen de baja sociedad. Antes de Zelda había existido esa joven en la vida del estudiante de Princeton. Pero hasta en el camino prediseñado hacia el abismo, Fitzgerald y Gastby eran uno solo.

De nuevo fue Hemingway el que intervino en la vida de sus amigos y se preocupó de que Zelda, que iba en deriva hacia la locura, aceptara ayuda médica. Poco después, los caminos de ellos se separaron. Hemingway se fue a España, los Fitzgerald volvieron a su patria, norte-américa.

Los años de oro se habían acabado, la crisis económica mundial paralizaba el país. En vez de desenfrenos, ahora F. Scott Fitzgerald tuvo que escribir para sobrevivir, y para Zelda comenzó aquel triste resto de vida que iría hasta su muerte en 1948, pasando más tiempo en sanatorios que fuera de aquellos ellos. Después de una intensa búsqueda, Fitzgerald finalmente encontró en Hollywood al menos la posibilidad de ganar un sueldo regular. Él, que había escrito las dos novelas tal vez más importantes de esas dos décadas, se dedicaba ahora a escribir diálogos para las películas con sonido que recién se imponían.

Siguió escribiendo los cuentos cortos alrededor del autor de guiones Pat Hobby, eran tal vez con su implícito, pero sin embargo apropiado humor sarcástico la mejor narración del cotidiano en Hollywood, pero fueron publicadas en un libro recién en 1962. Poco antes de su muerte prematura comenzó a escribir una nueva novela. “EL último magnate” iba a ser otra obra maestra, pero Fitzgerald falleció, marcado por el alcohol y por haber vivido la vida en modo de avance rápido y con solo 44 años. Su obra quedó incompleta, pero estaba tan avanzada que fue publicada de todos modos y llegó a ser rodada en película al mismo tiempo que “El Gran Gatsby”. Si lo hubiera terminado, de eso estoy seguro, su obra “El último magnate” hubiera tenido el potencial de sobrepasar con su resplandor al de sus dos otras obras maestras anteriores. Tan brillante son sus descripciones de sus observaciones del Hollywood de aquellos tiempos, que ya comenzó a ser solo una sombra de si mismo. Como aquel magnate de películas que se encuentra en el centro de observación de su narración en primera persona, F. Scott Fitzgerald en aquellos tiempos ya era una leyenda de una época del pasado. Un héroe que se aferraba a los tiempos pasados y cuya vida necesariamente desembocaría en una tragedia.

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