Empezaré este escrito desnudando una parte de mi naturaleza humana; el miedo, que por muchos años me dominó y me impidió caminar en fe. El miedo a soñar o a creer que las cosas buenas de la vida están limitadas a unos cuantos elegidos y que de esa lista yo no hacía parte.

Mi vida fue por muchos años una vida ordenada en todo el sentido de la palabra, en ella he planeado hasta los suspiros. Mi matrimonio, el trabajo, el entretenimiento, mis amistades, la vida familiar; todo bajo control. El juicio y la responsabilidad han sido mi constante.

Un día de Junio de 2010, salí de mi trabajo con la idea de llegar a casa y como siempre disfrutar la compañía de mi esposo, un buen vino y una deliciosa cena. Nunca me imaginé que ese día mi vida cambiaría para siempre. Ese preciso día mi esposo murió y fue el final de casi seis años de una vida de sueños y proyectos mutuos.

Lloré a mares, odié a la humanidad y le pregunté muchas veces a Dios en mis noches de insomnio, de angustia y soledad…por qué a mí?…por qué a mí? si mi vida había sido impecable. Fueron los años más amargos que he experimentado y al mismo tiempo han sido los años en los que un ser superior; más que un Dios, un padre, me tomó de su mano y transformó mi luto en baile.

En esos años, la duda y el miedo quisieron instalarse en mi mente con pensamientos obsesivos del pasado, el presente y futuros inciertos; fueron momentos de fatiga e incertidumbre. Sin embargo, crucé ese dolor abriendo mi alma, mi mente y mi corazón a la fe; que no conocía hasta entonces, pero que se manifestó en mí al excavar en lo profundo de mis raíces. Por fe, di el salto al vacío con la absoluta confianza de saber que no estaba sola.

Movida por esa certeza y aferrada a esa esperanza; un día sentada en la tranquilidad de mi apartamento, contemplando las imponentes montañas de la zona cafetera colombiana, empecé a cuestionar muchas cosas en mi existencia. Entre ellas, el haber delegado decisiones importantes de mi vida a mis padres, a mi esposo y amigos. En ese momento de reflexión hice un balance de mi historia, de la mujer que había sido y en la mujer que quería llegar a ser.

Pasaron por mi memoria periodos de mi infancia, mi familia, mis amigos, los lugares visitados y las historias de vida tejidas. Supe en mi corazón que era el momento de trascender y volar a otras alturas, de empezar de nuevo y continuar el camino.

No hubo remordimientos de lo que puedo llegar a ser y no fue; pues mi corazón por fin empezó a sanar; en ese momento empecé a ser testimonio de confianza para mis seres queridos, mis amigos, colegas y para ti que en este momento estás leyendo mí relato. La vida es un canto a la esperanza; sé que mi esposo desde el cielo sabe que su muerte no fue en vano porque yo ahora soy un legado de su alegría, de su inmensa ternura, de amor por la humanidad, la naturaleza y los animales.

Empezar a hacerme responsable de mí ser no fue un evento, ha sido todo un proceso lento pero genuino y consciente de mis propios ritmos. Un acto de sincerarme conmigo misma; con mi esencia y mis pasiones; entre ellas la enseñanza.

Fue entonces cuando hice un balance de lo que hasta el momento habían sido 11 años dedicados a la labor docente en Preescolar y Básica Primaria; servicio que lo he dado con amor, entrega, y generosidad. Al recopilar todas esas experiencias; en mi cabeza empezó a rondar un deseo ferviente de continuar mi vocación desde otra cultura y en un nuevo país.

Fue así con que determinación y alegría por un nuevo capítulo que Dios y la vida me estaban colocando frente a mis ojos quise empezar a vivir de primera mano lo que había visto y leído sobre otros países y culturas. Fue un arduo trabajo de búsqueda hacia el nuevo destino y cuando se presentó la oportunidad, sin dudarlo dos veces, viajé hacia China. Vendí mis pertenencias, dejé la anhelada estabilidad laboral y mis padres que son mis grandes tesoros; para empezar a vivir mi historia y el llamado vocacional.

Viajar como profesora de español ha sido una de las experiencias de vida más enriquecedoras; he conocido personas maravillosas, lugares absolutamente encantadores, comidas que nunca me imaginé probar y situaciones que jamás llegue a visualizar. Todas, absolutamente todas estas experiencias han cumplido el plan divino en mi vida. Me siento la mujer más afortunada del mundo; y si alguien me preguntará si cambiaría algo de mi pasado, diría que no rotundamente; porque todo lo que viví fue una preparación para afrontar con madurez y alegría el hecho de vivir lejos de mi tierra y mi familia.

Liviana de equipaje salí para China a principios de 2017 y aún tengo memorias desde que pise por primera vez el aeropuerto de Shanghái hasta que regrese un año después a mi país; para cumplir con amor mis deber de hija, compartir con mi familia, agradecerles su amor incondicional y expresarles lo importantes que son para mí y cuanto los amo.

Casi cinco meses después de regresar a Colombia; decidí viajar al Sur de la India, lugar donde me encuentro actualmente escribiendo este relato y haciendo realidad mi pasión por la enseñanza y compartiendo con mis estudiantes mi experiencia y conocimientos de una manera generosa y divertida.

Ahora que estoy en este país hermoso y tan lleno de contrastes siento que estoy haciendo un viaje a mis raíces, a mi esencia; es ahora cuando empiezo a reivindicarme con la mujer que soy, más consciente de mis virtudes y mi valor. Un viaje interior de aceptación absoluta y admiración por el camino recorrido y dando la bienvenida en fe a un futuro maravilloso.

Comentarios

Encuentro interesante el relato de María Fernanda Herrera, en especial por compartir su actitud positiva frente a su tragedia, así como su acertada toma de decisiones.

Corrijo mi equívoco con el nombre de la autora del presente artículo en mi comentario anterior. Su nombre correcto es Diana Marcela Herrera.

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