Publicado en 1818, aunque Mary W. Shelley creó su “Frankenstein” ya en el año 1816. Al lago de Ginebra, en donde pasó el verano junto a su amante y Lord Byron en el año que entró en la historia como “año sin verano”. Esto no es el único toque irónico que puede ser atribuido a la formación de la novela. La génesis de la historia llegó a su vez a ser la base para cuentos y películas.

“Eighteen hundred and froze to death”,

denominación común para el año 1816.

Lord Byron, de Inglaterra y empujado al exilio en Suiza, había intentado durante mucho tiempo defenderse del cotejamiento de parte de Claire Clairmont, la hermanastra de Mary W. Shelley. Que por fin soportó a Claire en su villa al lago de Ginebra – y “soportar” parece aproximadamente a todas las descripciones ser la palabra adecuada – lo debía quizás al hecho, de que viajaba en compañía de Percy Bysshe Shelly y de su futura mujer Mary. La pareja joven. Mary no tenía aún 18 años, no se encontraba en exilio, pero por causa de su amor había huido de Inglaterra. Debería haber sido una noche de miedo, cuando los cuatro, juntos a John Polidori, el biógrafo malhumorado de Byron, decidieron que cada uno escribiera un cuento de terror. La prueba de Claire no llegó ni al estadio de una idea. A lo que escribieron Shelley y Byron – al fin y al cabo, los dos más grandes escritores ingleses de su tiempo – ni siquiera un historiador literario se puede con la mejor voluntad del mundo recordar en esto. A pesar de ello John Polidori creó en esa noche Lord Ruthven, y si Bram Stoker no hubiera escrito “Drácula” unas décadas más tarde, todavía hoy el nombre Plidori sería aún de renombre mundial. Pues el destino no tuvo nunca buenas intenciones con Polidori, porque, cuando fue publicada la historia, el nombre del autor fue Byron. No por el hecho que Byron quería adornarse con esto, al contrario, le dio extremamente vergüenza, porque consideraba “Der Vampyr” un libro horriblemente malo. El editor de Byron lo había publicado sin autorización. Y Polidori en toda su vida no recibió el reconocimiento que hubiera merecido. Sufriendo de depresiones, por fin se suicidó.

Bild: Richard Rothwell – hfrom the National Portrait Gallery, Gemeinfrei

Pero había todavía una cuarta persona en la liga, Mary W Shelley, que en aquella noche puso la primera piedra sobre una obra, que hasta hoy solo mencionándola puede causar miedo: “Frankenstein” La novela de una mujer joven, que parecía tan inapropiada para ser una mujer joven, que cuando consentí en la publicación anónima del libro apenas después de una larga búsqueda se encontró a un editor. Con el prólogo de Percy Bysshe Shelley, así que no pocos creyeron que su compañero fuera el verdadero autor.

¿Porqué contar una historia sobre el vergonzoso desafío de Dios, sobre humillaciones destrozadas?,

Mary W. Shelley, de “transformación”.

Frankenstein pertenece a aquellos términos, a los que hoy casi todos tienen inmediatamente una imagen en la mente. En la mayoría de los casos se trata probablemente de Boris Karloff, que mediante sus representaciones dio su huella a la criatura de Víctor Frankenstein. Que no poca gente crea, que el monstruo – al que la autora no le dio nunca un nombre – se llame “Frankenstein” es quizás otra ironía de la historia.

La trama de la novela puede y viene interpretada de muchas maneras. Se advierte contra la euforia no crítica del progreso. Una crítica feminista de la dominación masculina de la sociedad, en particular literatura y ciencia. La advertencia a los hombres de no hacerse a sí mismo un Dios. Estos son solamente los significados evidentes, la que al final fue la intención de la propia autora, sólo Mary W. Shelley misma puede saberlo. Una mujer joven que creció en una casa y en un ambiente iluminado. Su madre Mary Wollstonecraft, que se murió durante su parto y de la que la hija no heredó sólo el nombre, fue una feminista famosa de su tiempo. El padre fue un hombre iluminado, pero no tan iluminado de dar su bendición a la relación amorosa entre su hija y Percy B. Shelley, que todavía estaba casado. Mary era una joven mujer culta. Tenía confianza con la literatura de su época, hablaba varios idiomas y – se puede bien constatar – estaba bendecida con una mente brillante o maldita, superior no sólo a la mente de su marido sino también a aquella de Byron. En los círculos de los jóvenes rebeldes, a pesar de toda su propia pasión, se vio forzada a desempeñar el papel de la persona sabia dirigiendo las pasiones de sus compañeros en una dirección sensata. Luchó por el amor libre, porque quería que todos pudieran vivir como les gustaba. Pero ella misma nunca amó a nadie más que a su Percy. Estaba también familiarizada con los hallazgos científicos de su tiempo. La electricidad estaba aún en pañales, en Europa y América los científicos procedían a hacer experimentos presentando sus resultados a las veladas, los que hoy en día nos parecerían como representaciones de magos. Por supuesto las expectativas de los científicos en aquel entonces – de cabo a rabo solamente varones – no había a que ver con la magia para nada. La ciencia estaba enteramente dedicada a ese nuevo desarrollo de la iluminación que quería probar la inexistencia de Dios. Según ella, el ser humano no era la creación de un ser superior, sino una máquina biológica.
Los experimentos con el nuevo poder de la electricidad parecieron probar esta tesis. Ya 20 años antes de que el italiano Galvani hiciera que las ranas muertas se movieran de nuevo con su nueva tecnología, como si aún estuvieran vivas. Durante la época de Mary Shelley, un experimento causó un furor en el que un científico devolvió la vida al cuerpo de un asesino ejecutado con los mismos medios. Y aunque la autora hace pocas declaraciones científicas sobre el despertar de su criatura, al menos la electricidad desempeña un papel importante. Sólo porque Víctor Frankenstein, de joven, comienza a pensar por primera vez en las posibilidades de crear nueva vida a través del poder del rayo.

Las cosas empiezan con la muerte

En el comienzo hay muerte. Es la muerte de su madre la que sumerge al joven Víctor Frankenstein en una profunda depresión y se convierte en el verdadero motivador para crear nueva vida. La electricidad, sus profesores en Ingolstadt, todos estos son sólo factores que le permiten poner en práctica sus buenas intenciones. Equipado con los medios, se pone a trabajar. Sin duda, no hay ninguna voz interior que lo detenga. Solamente – sí, únicamente cuando la obra está terminada reconoce su locura y huye. Creó una nueva vida, una criatura con sentimientos y comprensión, dejándola a su propio destino. Y es sólo de esta manera que pone en marcha la sangrienta cadena de acontecimientos que todavía hoy en día hacen la historia tan espeluznante. Porque a diferencia de Dios, o Prometeo, que fue incluido en el título completo “Frankenstein – El Prometeo moderno”, Víctor Frankenstein, el hombre, no fue capaz de asumir la responsabilidad de su creación, o al menos de ayudarlo como padre.

Theodor von Holst [Public domain], via Wikimedia Commons

La muerte de su madre también marca el comienzo de la vida de Mary W. Shelley. Mary Wollstonecraft murió pocos días después del nacimiento de su único hijo. Un niño para quien ella y el propio William Godwin habían roto con sus tesis antisociales radicales y, sin embargo, habían contraído matrimonio. Por sí mismos les gustaba soportar el ostracismo social, pero querían ahorrarle esto a su hija. Hoy la hija se eleva sobre los padres. William Godwin está más o menos olvidado, Mary Wollstonecraft como autora de la obra clave feminista “A Vindication of the Rights of Woman” ha pasado a la historia al menos como una de las fundadoras del movimiento de mujeres. En ese momento, sin embargo, uno puede entender con confianza a sus padres como una carga, no todos los hijos de grandes padres son conocidos por lograr algo grande por sí mismos. A veces esta carga es sólo la causa de que se sumerja más profundamente. Así que Mary W. Shelley nunca conoció realmente a su madre, y sin embargo la acompañó durante toda su vida.

Y a menudo se culpaba de la muerte de su madre.

Tuvo su primer hijo con Percy Bysshe Shelley en un matrimonio salvaje huyendo con el – quien era ya casado – a la edad de 16 años. Después de que su compañera de escape Claire Clairmont la llamara Claire, el hijo, llamado, Guillermo como su Padre, murió en la infancia. El niño Guillermo se encontrará con el lector más tarde todavía como “Frankenstein” – asesinado.

Se puede suponer que muchos intérpretes de la novela no se equivocan cuando añaden la muerte de la madre y de los hijos a la historia de su creación. Porque, aunque no era raro en aquella época, el sufrimiento de la madre y de su hija Mary W. Shelley quizá estaba profundamente preocupado por esta muerte cotidiana en el parto o por la alta tasa de mortalidad infantil. Queda por ver hasta qué punto el nombre de una de sus figuras puede interpretarse como “Guillermo”.

¿Nació el hombre bueno o malo?

Mary W. Shelley también explora en su libro la cuestión de si el hombre es bueno o malo por sí mismo. Su criatura no está impulsada por la sed de sangre desde el principio, sino por la desesperación. Arrojado a la vida, a diferencia de un bebé, pero viable en un mundo en el que todas las demás criaturas no sólo parecen muy diferentes de él, sino que aparentemente también lo encuentran repulsivo: le temen. La criatura, hay que llamarla siempre “criatura”, no “monstruo”, porque en realidad no nació monstruo. Más tarde, él, hablando lenguaje humano, acusó a su creador de haber sido bueno, el mundo lo había hecho inescrupuloso y malvado. En la novela, sin embargo, Kasper Hauser, que fue despertado a la vida, es un ser inteligente que aprende del hombre en secreto, que incluso lucha por un alto grado de educación y, por lo tanto, rastrea su propia creación y, por consiguiente, también a su creador prófugo.

Una parte de la historia que se descuida en muchas de las innumerables adaptaciones cinematográficas. Sólo la adaptación cinematográfica de 1994 de Kenneth Branagh, en la que Branagh se convierte en Víctor y Robert de Niro en el personaje de la criatura, puede describirse como fiel al original. Pero ni siquiera de Niro pudo tomar nada de la impresión que Boris Karloff creó en la versión cinematográfica de 1931. Son también esas escenas en blanco y negro las que nos traen vívidamente la tragedia de la criatura. Aislado por los humanos, la criatura encuentra por primera vez una aceptación amistosa con un ermitaño ciego. Un encuentro que termina en tragedia cuando la criatura quema la casa del ermitaño como resultado de un accidente. Y luego la escena con la niña en el lago. Es el niño quien, en su inocencia, no percibe la apariencia repulsiva de la criatura, tal como lo hacía antes el ermitaño ciego. Aún hoy, casi 100 años después, la escena en la que la criatura mata a la niña sin saber lo que está haciendo es una de las más escalofriantes de la historia del cine.

Die junge Elsa Lanchester als Mary W. Shelley in “Frankensteins Braut”

La versión cinematográfica de James Whale sigue caracterizando la imagen común de la narrativa actual. Algunos lectores pueden incluso sentirse decepcionados si no hay ningún Igor jorobado en la novela que atestigüe al médico loco. Y, sin embargo, la película no es tan mala. Pertenece a los cambios bastante inexplicables de Whale por qué cambió los nombres de los dos personajes Frankenstein y su amigo Moritz, de modo que Frankenstein no se llama Víctor en esta adaptación, sino Henry, pero se puede suponer que su actor Colin Clive entendió el personaje. Su cara de locura puede haber quedado grabada en la memoria colectiva del cine, pero también se encuentra con la ingenuidad que lleva a Frankenstein a hacer su trabajo. Y ocasionalmente se encuentra con esos rasgos de arrogancia que nos recuerdan a Lord Byron, que era al menos un poco el padrino de la figura. (Así como se pueden encontrar muchos trenes en Lord Ruthven de Polidori en general.)

Pero volvamos a la novela, a Víctor Frankenstein. El Creador escapado vive su vida como si nada hubiera pasado. Quiere disfrutar de lo que niega su creación, el amor. E incluso cuando un niño de su familia es asesinado por la criatura vengativa, permite que un inocente sea sentenciado a muerte, sabiendo quién fue el verdadero culpable. Pasará un tiempo antes de que acepte sus responsabilidades. Durante mucho tiempo ha querido una cosa por encima de todo, mantener viva la ilusión. Sólo cuando la criatura bloquea su última oportunidad decide actuar. Su forma de asumir la responsabilidad consiste ahora en cazar su creación para matarla.

“El árbol del conocimiento no es el árbol de la vida”,

Lord Byron.

Ya antes de “Frankenstein” existían historias y leyendas en las que el hombre creaba nueva vida. El más conocido es sin duda la leyenda judía del golem, que fue creado de arcilla, es una criatura en esclavitud a su creador, sin embargo significa su caída. No obstante, “Frankenstein” de Mary W. Shelley difiere fundamentalmente de estas historias en que ya no le da a su creación nada de mítico. Su criatura no cobra vida por arte de magia, sino por la ciencia. Según su tiempo, su criatura es una máquina que cobra vida, compuesta por partes del cuerpo humano. Aquí se crea literalmente nueva vida a partir de materia muerta. Un trabajo sucio y sangriento que sería mucho más clínico hoy en día. El actual Víctor Frankenstein utilizaría la ingeniería genética, como la clonación. La oveja clonada Dolly manda saludos, o el chino “Frankenstein” que a finales del año pasado modificó genéticamente a dos niñas para hacerlas resistentes al SIDA. Por supuesto, sin saber qué consecuencias puede tener su intervención en la creación o evolución divina, que está en el punto de vista del individuo, para otras consecuencias. Fue condenado al ostracismo por la comunidad científica y detenido por las autoridades chinas. Sin embargo, están menos preocupados por el hecho de que tal acto no deba cometerse en principio, sino que en su momento se vio perturbado. Nuestro chino Víctor Frankenstein estaba simplemente adelantado a su tiempo, su acción es menos criticada que la que hizo en un momento cuando la propia sociedad sigue siendo demasiado crítica con ella. La discusión social debe ser llevada a cabo en primer lugar, según del modo de muchos científicos que lo condenaron. Lo que en realidad querían decir con esto era su observación de que el debate todavía no había llegado a la aceptación social. La lección que Mary W. Shelley da a través de su historia, la advertencia de las consecuencias sólo juega un papel en el sentido de que ha sido entendida por aquellos que todavía se interponen en el camino de este desarrollo inevitable. Aquellos que se dan cuenta de que la creación de un hombre nuevo significará inevitablemente la abolición del hombre actual. Y quién se pregunta si esto realmente puede ser un objetivo que valga la pena.

Leeds University Library [Public domain], via Wikimedia Commons

Mary W. Shelley hoy en día está inextricablemente ligada a su obra, que para la mayoría de la gente se refiere sólo a “Frankenstein”. Es una oscura historia de cómo todo lo demás que escribió parece haber sido erróneamente ignorado por un número significativo de lectores, con la excepción de su novela “El último hombre”. El final de su historia la deja abierta. Aunque los creadores y las criaturas parecen perecer en el fuego, el observador, un explorador polar cuya propia obsesión constituye el marco de la novela, no puede decir con certeza que éste sea el caso. De este modo, el lector permanece en la oscuridad en cuanto a si el Creador y la criatura no luchan entre sí más allá de la trama de la novela. En cierto modo, el autor deja que el lector decida en qué fin quiere creer. ¿Completa la trama y deja morir a Víctor Frankenstein junto con su criatura en el fuego que derrite lentamente los témpanos del Océano Ártico y libera sus cuerpos en las heladas profundidades? ¿O es que la pelea continúa? Parece un final adecuado, porque el autor se niega a distribuir los papeles entre el bien y el mal a lo largo de la novela. Creador y criatura son en cierto sentido ambos. Uno de ellos inspira a la humanidad a liberarse de la muerte, que, para ello, sin embargo, cruza la frontera de lo humano e incluso acepta la muerte de personas inocentes. El otro, una criatura inocente de su destino, que no busca venganza desde el principio, sino que se convierte en el monstruo que hoy asociamos con ella.

¿Te lo pedí a ti, mi creador?
¿Qué viniste a sacarme de la oscuridad?
¿Yo te lo pedí?
Tú eres mi creador, pero yo soy el Señor.

“Obedece”, John Milton, del “Paraíso Perdido”.

Este Texto fue traducido por nuestra Autora Sara Krampl. Gracias Sarah.