La palabra quema, la palabra hiela,
incendia el paraiso, apaga el infierno,
lo dijo Jorge Luis, lo afirmó el Dante,
ya lo sabemos claro, ya,
pero no lo practicamos,
porque no nos atrevemos
a arrasar con edenes y anatemas,
a liberarnos de dioses y demonios,
a empuñar el verbo como un látigio
para azotar astutos mercaderes
que comercian el sueño y la esperanza,
a empuñar la palabra como pluma,
pluma de ave que acaricia el aire,
calma el dolor, alivia la tristeza,
ala que nos lleva en vuelo sin distancias,
y nos posa en la tierra,
ala que nos proteje, ala que nos eleva.
La palabra es arma y es proyectíl.
La palabra es escudo y es refugio,
tiene sentido propio y valor adquirido.
La palabra nos guía, la palabra desvía.
La palabra es un ropaje
que se cuelga, que se cambia,
que se elije y se deshecha.
La palabra, viste. la palabra, desnuda.
Nos identifica, nos define.
La palabra es rostro y máscara.
La palabra es cambio,
se toma, se da,
se quita y se hace propia.
La palabra
labra el surco de la idea
y germina en ideas nuevas,
en dudas y en certezas.
Y cuando la verdad
no es suficiente
para hacernos libres,
nos queda la palabra.