Ayer o antes de ayer vi la imagen de una casa. Más concretamente, una fotografía. Dentro de mí algo sonó como una música cariñosa de una nitidez irritablemente dolorosa. Esa casa era como…

Yo fui, estaba tensa, ansiosa, de manera instintiva anduve por el camino de antes. A la casa de mi infancia.

La mañana y el tiempo – ambos apropiados para la visita, porque en mí esta casa siempre se mantuvo en una luz clara y fresca de una mañana otoñal. Me pareció que el aire olía diferente que en la ciudad, ¡ah!, siempre olía diferente, a verdor, a tierra, a arboles viejos e inmensos, y en la nariz también sentí el hedor de carburo. Cuando niños, agitábamos ese material en botellas, lo encendíamos con un fósforo y lanzábamos las botellas contra un muro, hasta que estallaban y olía a podrido y a gas. Detrás de ese muro, detrás de él y entremedio se encuentran los cementerios más hermosos que puedo imaginar. Un cementerio municipal y uno judío, ambos antiguos, el municipal estaba más cuidado que el otro, mientras las tumbas del cementerio judío con sus nombres y símbolos, para mí tan extraños, me fascinaba mucho más.

Mientras me entrego a esas imágenes antiguas, la veo: silenciosamente está la casa allí, tan silenciosa, como si no estuviera habitada. El sol brilla por encima del frontispicio, por encima del techo, ilumina las ventanas superiores, hasta que las sombras de los arboles más grandes vuelvan a oscurecer esa parte de la casa. Por el tronco del haya trepan rápidamente dos ardillas. Como siempre, como en ese entonces, tal vez hasta sean las mismas ardillas de mi infancia.

Los letreros con los nombres en la entrada de la casa. Me son extraños, sin embargo espero poder leer un nombre conocido. El inmueble ha sido gratamente remodelado, y sin embargo veo bajo la pintura nueva y la puerta nueva aquello que antiguamente fue. La puerta de madera pesada con su medio arco superior vidriado, para que entrara suavemente la luz al pasillo. El revoque quebrado en la esquina de la casa, mis iniciales grabadas.

Los años desaparecen, todo el largo tiempo entre el ayer y el hoy, me sumerjo en el sentimiento caluroso que me dio esta casa: protección, libertad y fantasía. Miedo también. Tenía miedo al correr con los ojos cerrados por el sótano. Cuando estaba sola. Cuando llegaba tarde. Eso era terrible.

Camino alrededor de la casa pintada de gris claro y allí están, las ventanas de antes, aunque detrás de ellas estén otras habitaciones y otras personas. Allí, de esa ventana pequeña, solía salir trepando, y me asombra que en esos días podía caber por ese resquicio. Recuerdo el papel de pared, los clósets, el ascensor que había sido para transportar las comidas de abajo hacia arriba, cuyas puertas abrí y encontré en él unas máscaras de gas. Me puse una, la goma tenía un olor a moho, corrí hacia afuera con la máscara puesta, encontrándome con una vecina que comenzó a gritar. A chillidos fuertes, que daban lástima.

Voy al jardín. ¿Siempre fue tan chico? No puede ser, porque al cerrar los ojos el jardín es inmenso y tan grande que un niño logra perderse en él. También sé que allí adelante, en ese rincón algo más oscuro, había enterrado una caja de metal con secretos. No, no voy a buscarla.

Vuelvo, estoy nuevamente parada ante la puerta principal. Está medio abierta. La empujo. Un encanto salvaje recorre mi cuerpo: Estoy parada sobre las antiguas baldosas del padrón de ornamentos – realmente aún existen. Quiero empujar la manilla de la puerta del departamento de aquellos tiempos – pero esa no es más que una puerta hostil con una perilla opaca. No quedó nada de su pintura azul y verde sobre vidrio opalino. Nada.

Doy un medio giro. Los balaustres de madera aún están, como también el pasamano, sobre el cual bajaba resbalando. Después la piel de los muslos ardía como fuego. Y también están los peldaños antiguos. Los piso, pero ya no crujen.

Volveré. El hogar de mis padres fue una patria, hoy eso lo sé.

Monika Detering

Paso la mano por las paredes, cariñosamente, como si fuera un ser humano, junto todas mis observaciones dentro de un saco de aire y a éste lo coloco a la izquierda abajo, al lado de la puerta que baja al sótano. Voy a venir a buscarlo. Algún día. Un día como hoy, en el que el aire comienza a oler diferente, a otoño, el perfuma más hermoso en este lugar entremedio de los cementerios, con esta casa que está como intocada.


Dentro de mí, los años vuelan como en un folioscopio, vuelan hasta que llego al punto en el que abandoné esa casa por siempre. Imprudente, insolente y creyendo que merecía el mundo, que jamás tenía que volver. Se me había vuelto todo muy chico, los arboles muy sombríos y los cementerios muy limitados.

Pero esta casa hizo raíces dentro de mí. Fue hogar y patria, con todo lo maravillosos, con todo lo espantoso.

Al volver, al pasar por todas las casas de los vecinos de aquellos días, los escucho a todos. Oigo resonar la risa de tía Paula, el murmullo silbado entre la señorita Becker y señor Roth, los oigo a todos, da igual en qué cementerio se encuentran. Veo a mi hermana, a mi hermano, veo las sombras de todos los niños que han jugado aquí, aparentemente quedo solo yo. Nadie más.


Volveré. El hogar de mis padres fue una patria, hoy eso lo sé.

La ciudad no lo es. La casa entremedio de los cementerios. Eso es suficiente.

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