La fe mueve arrayanes

La fe mueve arrayanes

Mi vecino de diagonal enfrente era peluquero. Hoy en día, en vez de peinar y cortar cabello lo hace con su jardín. Y eso literalmente. Poco después de las ocho de la mañana comienzan a chillar sus máquinas cuando le hace un corte nuevo a sus arrayanes. Primero les pone, ¡no es chiste!, una capa de peluquería alrededor del tronco. Luego pone manos a la obra con la maquinaria y al final con unas tijeras. Este procedimiento resulta en vecinos molestos y arrayanes perfectamente redondeados.

Mientras transforma su jardín en un parque que provocaría la envidia de un jardinero del barroco, su esposa conduce su SUV a la iglesia. O va de peregrinaje, el Camino de Santiago de Compostela al final es suficientemente largo como para dedicarle toda la jubilación.

Nosotros nos hemos mudado hace medio año a la antigua casa de mis padres. Con niños y dos perros. Mi marido le pidió a la vecina, quien había talado más de un árbol de nuestro jardín con su forma brusca de manejar, que tuviera un poco más de cuidado. Que anduviera en velocidad de marcha en una calle sin salida. En realidad un requerimiento nada reprobable. Una solicitud normal. Desde entonces, sin embargo, los estilistas no nos saludaron más. Finalmente, ellos podrían manejar el auto y nosotros seríamos responsables por nuestros niños y perros, para ambos existen correas o rejas.

Algo de cierta forma sorprendente. Porque esa pareja sin hijos había acompañado a mi hermana, quien fue bautizada católica, por el laberinto de la comunión que posiblemente sin ese apoyo no podría haber hecho, ya que el resto de la familia es protestante. En aquellos tiempos, mi hermana menor tenía que asistir al menos una vez a la semana a la iglesia, ella tuvo que adentrarse al confesionario e intentar obstinadamente recordar posibles deslices que había cometido a sus nueve años. El premio era un queque seco, adornado por una imagen de algún santo.

El año pasado, mi madre falleció después de padecer por mucho tiempo una enfermedad. El día del funeral, mi padre recibió una carta de los estilistas creyentes. Se comprometían a oficiar una misa en África por mi mamá. La reacción de mi padre fue: “Hubiera sido amable recibir un ramo de flores. O al menos una única visita cuando ella estaba enferma.”

Y allí está nuevamente ese pensamiento como salido de la Edad Media. Uno ¿podrá pagar el rescate para librarse de sus errores? ¿Esto será un tipo de comercio moderno de indulgencias? Todos los vecinos y amigos se despidieron de mi madre en sus últimas semanas y sus últimos días. Ella estaba en casa – a solo un tiro de piedra de los arrayanes perfectamente cortados. Le agradezco a cada persona que dedique algo de su tiempo a un enfermo. Que le ofrezca aunque sea una pequeña distracción de su agonía. Que no cree humillante visitar a alguien quien se está muriendo.

Pero me avergüenzo por todos que piensan haber mostrado su humanidad con una marcha, con mandas o con hacer una donación monetaria a alguna iglesia o a cualquiera. No. Nosotros humanos vivimos de encuentros. De palabras dirigidas directamente a las personas. De recuerdos.

Permítanme decir que me importa un comino como luce mi jardín. Nuestros arbustos crecen como se les antoja. En nuestra terraza, nos reímos mucho. Conversamos. Lloramos. Pensamos. Francamente también pensamos sobre la adquisición de un cohete grande para el año nuevo. Vamos a ver, cuán grande será la destrucción que puede causar un artículo pirotécnico en un arrayán.

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Silke Porath

Silke Porath

Silke Porath vive con su marido francés en su casa materna de Balingen, al borde del Swabian Alb. Nacida en 1971, la madre de tres hijos trabaja como periodista independiente y formadora de escritores. La editora y consultora de relaciones públicas es miembro de los 42 autores, de la Asociación de Escritores Alemanes y del Grupo 48.