Lo he recorrido miles de veces, el sendero de setos que desde 1919, con una interrupción de cuatro años, discurría entre la frontera de Alemania y Bélgica. Un camino estrecho y accidentado cuyo suelo mantiene enterradas las huellas invisibles de mis abuelos, padres y parientes cercanos.

En el lado oeste, los arbustos de espino, avellanos, marjoletos y árboles de hoja caduca separaban el camino de los prados de nuestro ganadero de vacas lecheras, mientras que en el lado este los prados del agricultor alemán estaban vallados principalmente con alambre de púas oxidado y con unos pocos arbustos. En aquellos tiempos, cuando aún se había echado poca tierra sobre los testimonios del pasado más reciente, se divisaba al fondo de las praderas de Alemania la muralla occidental con sus cúspides que parecían dientes puntiagudos de tiburón. La muralla había sido levantada por el Servicio Laboral del Reich a finales de la década de 1930 para proteger Alemania hacia el oeste. En mayo de 1940, la propia Wehrmacht cruzó este muro y la Alemania nazi anexionó zonas de Bélgica, de modo que la protección de las fronteras exteriores quedaba repentinamente a varios kilómetros de distancia el territorio de Renania.

Cuando nací a principios de la década de los años cincuenta, la frontera con Alemania aún estaba cerrada. Los restos de los inútiles bloqueos formados por tanques, pronto dieron paso a una nueva frontera transitable, de modo que en 1944, allí donde los Aliados consiguieron llegar por tierra al Reich alemán y liberar al mundo del terror nazi, la infraestructura para el paso legal de la frontera se desarrollaba lentamente.

¡La Kaiserallee! La vía que formaba la unión entre dos mundos y que desembocaba en el extremo superior de la tierra de nadie que había entre los dos países. Por este camino y poco a poco, la niña pequeña iba descubriendo primero el entorno y luego el mundo entero. En su parte baja, el camino se desviaba justo al final de nuestra carretera – un largo callejón sin salida desde el centro del pueblo hasta nuestra casa. Unos metros más arriba, en el año 1920, se había colocado un mojón fronterizo, ya desmoronado con el tiempo, que marcaba la frontera entre los dos países establecida en el Tratado de Versalles.

Cuando tenía unos tres años, se me encomendó la tarea diaria de ir a buscar leche – para nosotros, para mi tía en la casa de al lado y más tarde también para otros vecinos. El granjero, un viejo y simpático soltero del siglo XIX, hablaba con orgullo del emperador Guillermo II. Para poder verlo, aunque sólo fuera desde lejos, había viajado a Aquisgrán en 1911. Guillermo II todavía gozaba de una buena reputación entre la gente sencilla del campo, aunque había abandonado su país durante la Gran Guerra y había huido cobardemente a Holanda. El nombre del callejón – Kaiserallee – da fe de ello.

Cuando la vida en Alemania comenzó a normalizarse a mediados de los años cincuenta y el auge económico se hizo evidente, los aquisgranenses volvieron a sus costumbres de antes de la guerra. Sus excursiones dominicales los llevaron a Bélgica, a Butterländchen (pequeño país de la mantequilla).

Los domingos por la tarde, el tranvía escupía cada hora a transeúntes bien vestidos al llegar a la última parada en el lado alemán. La Kaiserallee se llenaba de una avalancha de gente ociosa que venía para disfrutar al otro lado de la frontera en Bélgica de auténtico y sobre todo asequible café en grano y deliciosas tartas de arroz recién hechas. De esta manera, la Kaiserallee abrió el camino para que el pueblo lograra su propio pequeño milagro económico.

Los excursionistas fueron una fuente de información e inspiración para mí, la niña pequeña de la tierra baldía del pueblo. Los niños alemanes andaban con scooters, un vehículo que yo admiraba con gran anhelo. Sin embargo, a mi madre le faltaba comprensión para esas cosas inútiles. Si tenía suerte, uno de los niños excursionistas me dejaba montar su motocicleta por un rato. Mi abuela observaba mis actividades con suspicacia y preocupación: la poliomielitis había estallado en Alemania, cerca de la frontera, y nadie sabía la ruta exacta de la infección.

La parada de autobús estaba situada en la parte superior de la calle principal, al oeste de la casa de la aduana belga. De lunes a sábado, me dirigía desde allí al colegio y los domingos a la misa matutina. Así dejé para siempre mis huellas en este camino, hoy en día parcialmente adoquinado, que todavía seguimos llamando Kaiserallee.