El hombre ha poblado todos los continentes, y sin embargo la Antártida es un continente que no le hace muy fácil esa tarea. Hoy, los enormes acantilados de hielo siguen tan escarpados como hace 200 años, cuando los primeros europeos pusieron sus ojos en ellos. Y hoy, en un mundo en el que el simple hecho de tener un teléfono móvil hace que las distancias insuperables para una persona normal hace 100 años disminuyan, los desiertos de hielo aparentemente infinitos de la Antártida se convirtieron en unas de las últimas soledades despobladas.

Para algunos, esto podría dar una impresión romántica, otros ven el desafío científico y siguen el llamado del impulso descubridor humano. Al final, aparte de las profundidades de los océanos y de la vastedad del espacio extraterrestre, no existen áreas realmente desconocidas que se pudieran alcanzar por humanos. No obstante, es importante que nadie se olvide que la Antártida es un lugar aislado y peligroso. Tal vez el lugar más hostil que podemos pisar.

A veces, los miembros de las expediciones o los habitantes de una estación científica sufren bastante bajo estas condiciones. Por ejemplo, cuando un miembro enferma repentinamente y no puede llamar una ambulancia, que en la mayoría de los casos y en otro lugar podría llegar en pocos minutos o al menos horas, ofreciendo ayuda.

En el año 1970, el jefe de la base científica argentina, Osvaldo H. Macoretta, se enfermó y en su patria inmediatamente prepararon una misión rescate y evacuación sanitaria. Casi 50 años después, Armando Buira, que en aquellos días pertenecía a la tripulación de helicóptero de la Fuerza Aérea de Argentina, recuerda la misión.

Como parte de las tripulaciones de los helicópteros Hughes 369 HM, deseo recordarla en honor a todos ellos y expresar mi orgullo y satisfacción porque pudimos aportar cada uno su granito de arena para lograr el éxito, a pesar de las condiciones meteorológicas adversas y la falta de ayudas radioeléctricas.

El destino de la misión rescate era la base argentina Almirante Brown, que está en la península Antártica y – vista en un mapa – no parece estar tan lejos de Argentina. Los argentinos en esa época operaban la base durante todo el año, recién en 1985 comenzaron a operarla únicamente durante los veranos antárticos. Hay que mantener en mente que en los veranos antárticos las temperaturas llegan a -29 grados. La pequeña base se encuentra en la así llamada bahía Paraíso y el que pueda ver las montañas y el hielo que se amontona detrás de las casas rojas, puede entender el porqué del nombre. Bajo la luz del sol, la naturaleza nos muestra su lado más asombroso. La nieve destella, las rocas de las montañas traslucen aquí y allá por la capa de nieve como si quisieran crear un patrón. Hoy en día incluso arriban turistas para disfrutar esa vista panorámica – si bien bajo temperaturas gélidas. Hace casi 50 años, sin embargo, la situación era bien distinta. Ningún turista había pisado el continente más austral. Y con razón, ya que el viaje era un desafío en si.

 

Las características geográficas en la estación científica y de sus proximidades, no permitían la operación de los aviones destacados en las bases Marambio y Matienzo. En el mes de junio la luz diurna era escasa, apenas 6 horas, el sol salía a las 10:00 y se ponía a las 16:00 y las condiciones meteorológicas solían variar con gran rapidez, produciéndose tormentas intensas, que podían durar varios días.

La Fuerza Aérea Argentina que se encargó de la misión tomó la decisión de mandar dos helicópteros del tipo Hughes 369 HM. Sabiendo que los helicópteros estaban aptos para ese tipo de misiones, pero sin tener experiencia absoluta con ese tipo de rescate.

  

Se prepararon los Hughes 369HM matrículas H-31 y H-33 de la VII Brigada Aérea con las siguientes tripulaciones: Vice-comodoro Francisco Vázquez, Teniente Carlos Paredes, Cabo Primero Horacio Santucho y Cabo Víctor Palma en el H-31 y Primer Teniente Ricardo Ciaschini y Cabo Primero Adolfo Hiden en el H-33.

Y además el Teniente Armando Buira, que junto al resto de la tripulación y ambos helicópteros fue llevado en avión a la base Marambio, donde prepararon las máquinas y volaron a la base Matienzo. Desde allí, despegaron ambos helicópteros exactamente a las 13:40 de aquel 28 de junio hacia la base Almirante Brown para realizar la misión rescate.

  

No había ayudas radioeléctricas en el aire, y no teníamos sistemas de navegación ni equipamiento especial, por lo tanto la navegación debería realizarse por contacto visual con el terreno o el mar. Además, el avión tipo Twin Otter que nos iba a acompañar no pudo hacerlo por las malas condiciones meteorológicas en el cruce de la Península Antártica y en Brown.

El vuelo no se cumplió de acuerdo a lo que planificamos, debimos descender y desviarnos de la ruta directa para poder mantener contacto visual con el terreno, buscando un hueco que nos permitiera cruzar la península. Al terminar el cruce, estábamos en Bahía Guillermina y Brown estaba a la izquierda.

Sin embargo, todavía no habían llegado a su destino final. Para aterrizar en la base y encontrar el camino sin sistema de navegación, los pilotos de ambos helicópteros tuvieron que descender a una altura de entre 50 y 100 metros por sobre la superficie del mar. El tiempo que había obligado al avión acompañante a quedarse atrás, agarró a los helicópteros y sacudió a la tripulación. Frente a los pilotos aparecían una y otra vez icebergs que sobresalían del mar helado y a los que tuvieron que esquivar rápidamente. Ambos helicópteros tuvieron que completar maniobras que, volando a esta baja altura aun bajo circunstancias meteorológicas favorables, hubieran podido ser fatales.

Una hora después de haber despegado de Matienzo aterrizaron en la base Brown, habiendo luchado contra viento y marea.

Luego de algunas vueltas buscando un lugar para aterrizar, decidimos hacerlo frente al edificio de la base y al costado del mástil, en un área confinada muy ajustada, pero la única posible y en la cual debíamos posarnos, ya que nos preocupaba seguir consumiendo combustible que podía penalizar nuestro regreso.

Una hora después, con el enfermo ya a bordo, despegamos hacia el norte con rumbo a un claro por el Estrecho de Gerleche, con techos de 50 metros. En el despegue recordé algo que había dicho Larry Henson, el instructor americano que nos hizo la adaptación en el Hughes 369HM, cuando después de aterrizar en un área confinada muy pegado a los árboles. Mi camarada Ricardo Ciaschini me lo había traducido. “Por favor no despegue, es una broma.” Pero la traducción llegó tarde y yo ya había despegado y superado el área confinada. Ahora, la visibilidad era de 500 metros y con fuerte nevada. A la altura de la Isla Nansen Sur pudimos ascender finalmente, con rumbo a Matienzo.

La decisión de aterrizar cuanto antes fue hecha a partir del instinto. Y ese impulso era el correcto. El combustible se agotaba y el tiempo no mejoraba. Una y otra vez, los helicópteros tuvieron que cambiar su rumbo para no resultar obligatorio un amaraje forzoso. Como ya se ha dicho, en esa época del año las noches antárticas comienzan temprano, sin embargo con las últimas luces del día apareció la base Matienzo ante los ojos de la tripulación. La alarma de bajo nivel de combustible estaba encendida.

El 30 de junio pernoctaron en la base Matienzo y el 1 de julio despegaron destino Marambio, cargaron los helicópteros en el C-130 y despegaron rumbo a Rio Gallegos, pernoctaron y el 2 de julio despegaron destino a Buenos Aires. Su misión había sido todo un éxito.

Fue una operación muy ajustada, pero lograda con decisión, valor y firmeza en la manera de actuar, y profesionalismo, con muy buena experiencia y un excelente adiestramiento.

No obstante, pasaron 40 años hasta que los rescatistas recibieron un reconocimiento oficial por su misión. El 14 de julio 2010, con motivo de la conmemoración del 40º aniversario del rescate médico aéreo, el Congreso de la Nación declaró la operación un “pleno éxito, gracias al esfuerzo efectivo, pericia y profesionalidad de hombres de la Fuerza Aérea argentina y a pesar de muchas adversidades”.