Monika Detering: Azul de sol de invierno

Monika Detering: Azul de sol de invierno

En esta mañana ya tarde de diciembre, el sol se reflejaba en la nieve helada, deslumbrante. Atravesaba el parabrisas del coche, era una explosión blanca. Cegada por la luz, me agaché en el asiento y sin ver, solo de oídos, pasé el semáforo en rojo, a toda velocidad. El camino, lo conocía bien.

Las ruedas del coche chirriaban cuando frené, golpeando el bordillo de la acera, delante de la casa de dos alturas, recién construida. Casi volando salí del coche, corrí hacia la puerta de casa, la empujé de par en par, y la inquietud que se había apoderado de mí desde la tarde de ayer, me hizo subir corriendo y tropezando a la primera planta. Sin embargo, una rigidez paralizante me invadía. Solo mis dedos, mis dedos sí que se movían con un suave temblor. Con esfuerzo metí la llave en la cerradura y abrí la puerta al pasillo. Silencio en penumbra. Todas las puertas que daban al pasillo estaban cerradas.

¿Madre?

No hubo respuesta. Quizá no me había oído, quizá había salido a hacer la compra, quiza estaba dando un paseo.

Madre, ¡soy yo!

Abrí la puerta de la cocina. En la mesa había un plato con sopa. Nada más. Bueno, sí había algo más: una cucharra al lado del plato. Mojé un dedo en la sopa de color grisaceo con trozos de carne de color entre gris y marrón, estaba fría, muy fría. El líquido había quedado ya seco y espeso en el borde. Mi madre había elegido otra vez el plato con la línea dentellada azul que tanto le gustaba. Había una olla en el fuego, levanté la tapa. Olía muy bien, sabroso. Quizá un poco fuerte por el puerro que flotaba deshilachado en la sopa. Sopa de cebada. Sopa para tres días.

Me dirigí al baño, limpio y brilliante como siempre, que olía a lavanda, olor a madre, acogedor, familiar. Miré a mi alrededor y sí, las toallas suaves y blancas colgaban del toallero, y debajo del lavabo había dos pastillas. De no ser por su color amarillo, no las hubiese distinguido de las baldosas blancas del suelo.

Desde el zaguán se oían ruidos, alguien subía las escaleras. Madre, pensé, ¡estás ahí! Respiré aliviada. Se alegrará de verme.

Pero aquella persona seguía subiendo hacia arriba, con pasos ligeros, alegres. Pasos que parecían risueños. Después, todo quedó en silencio.

Aquel silencio me rodeaba con fuerza, cada vez más, como si quisiera encerrarme. Jamás había oído una ausencia de ruidos así en casa de mi madre. De nuevo sentí esa inquietud que se convertió en un miedo inexplicable e imposible de reprimir, y el presentimiento de una desgracia que estaba por llegar se adentró en mí.

Es que – no podía ser que mi madre aún estuviese durmiendo. Después de todo, era casí mediodía – no, ella no hacía cosas así. A no ser que estuviese enferma. Con cuidado abrí la puerta del dormitorio, despacio, muy despacio.

La luz fría del sol de invierno inundaba la habitación. Como un pájaro gigante, con los brazos extendidos, yacía mi madre al lado de su cama. Tenía la cara metida en la tulipa de una lámpara.

Mi grito se atascó en mi garganta. Solo pude como piar:

¿Madre?

Me arrodillé delante de ella para ver mejor, para sentir su respiración, para despertarla, para ver su sonrisa en cuanto me veía y se alegraba de mi visita.

¿Madre?

Con cuidado la levanté y le dí la vuelta para liberar su cara de esa horrible tulipa que le había dejado marcas profundas en mejillas y frente.

Su boca dibujaba una sonrisa torcida, muy extraña y lejana. Tenía los ojos entrecerrados. Por un breve instante pensé, ¿me está observando? Pero no, pasé mi mano por encima de sus ojos para cerrárselos del todo; me pareció horrible esa mirada que se asomaba, era inquietante, encerraba todo aquello que no quería pensar. Llevaba puesto un camisón. Por lo tanto, tenía que haber sucedido durante la noche o al alba o justo hace un momento. De la muerte yo no sabía nada, nada de nada, además, ¡las madres, las madres no se mueren! Tenía un papel agarrado en la mano. En él había apuntado con su letra sofisticada y clara mi dirección con mi número de teléfono. El auricular del teléfono colgaba en el vacío. Al desplomarse en la nada se le había subido su camisón, y así pude ver que tenía manchas de un azul casi negro, o por lo menos muy oscuras. Manchas así no había visto nunca. Pero sabía: eran manchas lívidas de la muerte.

Mientras que yo, maldita sea, debería, tenía que haberme hecho mayor ya, rogaba suplicante:

¡Despiértate, por favor, hoy no, aún no, no nos vamos a pelear nunca más, despiértate! ¡Madre, por favor!

Después, callé. Cogí la muerta en mi regazo y le acaricié la cara, sentí su alma atrapada en aquella habitación. Así que me comencé un largo diálogo; dije todo aquello que en vida no había dicho nunca.

Pasaron eternidades. Le puse una almohada debajo de la cabeza, me levanté y abrí la ventana.

No me olvides en las lejanías de la luz.

Me parecía que la habitación se hacía cada vez más pequeña.

Ya no era la niña de nadie, nunca más podría pedir el consuelo de una indulgencia maternal, y nunca más podría preguntarle: ¿Madre, háblame de cuando eras jovén y estabas enamorada, de cuando después de la guerra ibas al bosque a buscar leña, de cuando me llevabas contigo en el carro de adrales, de cuando tenías que hacer tantas cosas para las que no habías sido educada? Nunca te lo pregunté. Y tampoco te pregunté si alguna vez fuiste feliz por muchos momentos.

Azul de sol de invierno, la habitación se volvió azul.Me levanté y empezé a llamar por teléfono. Hablar no podía, pero llorar sí. Lloré por ella, la muerta, y lloré por mí.

Del funeral de mi madre, no ha quedado recuerdo alguno en mi memoria.

Monika Detering

Monika Detering

Monika Detering quería ser grumete o pintora. Se convertido en marionetista y trabajo en Nueva York, Washington y Filadelfia, así como en las islas de Frisia Oriental. Actualmente escribe y publica novelas como “Der Sommer des Raben” (2017), “Ich bin Hermann (2017) y novelas policiacas, mas recientemente “Macht, Gier und Haie” (2017), “Bittere Liebe an der Ruhr”, junto con el Coescritor Horst-Dieter Radke (2017). Ella vive con su marido en Bielefeld, Westfalia, Alemañia, tiene tres hijas mayores y ama mucho a su gran familia

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