Al comisario desconocido de la policía federal de Alemania en el aeropuerto “Franz-Josef-Strauß” en Múnich, Alemania: “Muchas gracias, señor comisario, me ha hecho usted el mejor regalo de cumpleaños.”

Protectores enojados – protegido malvado

Los policías no tienen una labor muy fácil que digamos. Su trabajo cotidiano está compuesto por decisiones que al final nos afectan a todos. Un tono equivocado, un movimiento erróneo, el impulso más mínimo puede acabar mal. En cuestión de segundos el policía debe decidir cuál es la decisión correcta y de cual desastre debe proteger a la sociedad. Y mientras tanto no debe olvidarse de la seguridad propia ni de la de sus compañeros.

La gente, todos nosotros, quienes somos protegidos día a día por estos funcionarios, debemos respetarlos y mostrarles el reconocimiento que ellos se merecen por su labor cotidiana. Lamentablemente, eso ocurre raras veces. Frente a estos hechos, ¿por qué debería uno sorprenderse con guardianes del orden indiferentes? ¿Sorprenderse con la frustración de ellos, muchas veces causada por ciudadanos desenfrenados e ingratos?

Yo ya he estado parado frente a un policía con el puño cerrado en el bolsillo, sin desearle nada bueno y mordiéndome los labios. Nunca se me ha escapado alguna palabra indecente o una salida directamente del catálogo de insultos. Pero de haber estado cerca sí, eso debo reconocerlo.

Molestia pública

Siendo guía de turismo estoy siempre con gente. A veces pernocto en hasta cien hoteles durante un año. Manejo mucho en las calles y por razones laborales visito muchos aeropuertos, en el mundo entero. Así, hay muchas razones por las cuales uno se puede enojar.

Dos acontecimientos que me quedaron especialmente marcados ocurrieron en el mismo lugar: en el aeropuerto “Franz-Josef-Strauß” en Múnich.

Hace unos dos años atrás estuve en la sala de embarque del terminal 2 camino hacia el mesón de Lufthansa. De repente, un hombre ebrio me atacó, agarró mi celular y me lo quitó con fuerza de mis manos. Rápidamente trató de desaparecer, corriendo. Yo miré a mi alrededor, sorprendido, y luego comencé a jadear tras él. Poco antes que el ladrón pudiera abandonar la sala de embarque, pude alcanzarlo y agarrarlo. Yo llamaba por la policía, pero nadie vino. Nadie alrededor mío mostraba ni la reacción más mínima. Mientras mantenía al hombre agarrado, descubrí un pasaje en su bolsillo de la camisa, de Múnich a São Paulo. Tomé el pasaje, y memoricé el nombre y los datos del vuelo, solté al hombre y me dirigí hacia la oficina de la policía federal.

En esta, dos funcionarios jóvenes estaban sentados detrás de un escritorio y apenas se movieron. Uno de ellos, aburrido, escuchó mi relato. Al terminar, quise hacer una denuncia. Pero ninguno de los dos policías federales movió ni un dedo. Continuaban sentados en sus sillas como si estuvieran pegados a ellas. Como yo insistía en que se hiciera algo, me dijeron que este caso no era de su ámbito de responsabilidad. Que debería pasar a la oficina de la policía del estado Bávaro, que se encuentra frente al terminal 2, y que hiciera la denuncia allí.

La superficialidad con la que me trataron esos dos guardianes de la ley ¡me enojó mucho! Seguí parado en la oficina de ellos, como tallado en piedra, continuaba hablando y hablando y no quise entender que cualquier intento mío de hacer algo contra el ladrón estaba siendo bloqueado por completo por estos dos policías federales. Y poco a poco, los policías evidenciaban su impaciencia conmigo. Sentí que debía salir lo más rápido posible de la oficina.

¡Dónde no hay daño, no hay delito!

Enojado y sintiéndome abandonado, me dirigí al otro lado del terminal 2, hacia la oficina de la policía del estado en el aeropuerto. Aquí ya me esperaba el próximo desafío. Por citófono me contestó una voz de varón, preguntando cual era mi petición. Aun sin aliento, le conté lo que me había ocurrido en todos los detalles. Al terminar, esperé en silencio durante un minuto entero. Recién entonces me contestó: “Espere un momento, por favor.” Algunos minutos después, la puerta de vidrio fue abierta de adentro y apareció un comisario jefe, delgado y vigoroso, de unos cincuenta años, y se me acercó. Para ser un policía que estaba en servicio, me trató de una manera muy cordial. La razón era obvia, él ya sabía lo que yo quería hacer y él quería tratar de disuadirme de hacer la denuncia. Pero yo seguía queriendo hacerla. Yo había tenido la esperanza de que la policía iba a alcanzar el ladrón en el aeropuerto, ya que yo la presentaba los datos del vuelo del delincuente. Además esperaba que el mismo sospechoso iba a ser detenido y que al menos lo iban a registrar e interrogar. Al final me había asaltado.

Pero el comisario jefe no quería ocuparse de esos detalles. “Usted ¿tiene su celular consigo?” me preguntó. Mi respuesta fue: “Sí.” “Vio. Qué más quiere que dispongamos nosotros. Si usted ahora hace una denuncia, no va a resultar en nada. ¿Ha sufrido algún otro daño?” me preguntó otra vez. “No.”, le tuve que contestar, conforme la verdad. “Vio.”, repitió el comisario jefe, sonriente.

Luego me dio un apretón de manos y se despidió de mí. Yo estaba parado allí, completamente perplejo, levanté los hombros y murmuré algo. ¡No lo podía creer! Rabiando, volví a mi terminal.

Reconozco que mi empatía en ese momento había llegado a su límite. Y necesité varias semanas hasta poder suprimir este recuerdo a mi memoria a largo plazo.

Pero, como es sabido, uno se encuentra dos veces en la vida. Y así fue.


Hace no mucho tiempo atrás cumplí setenta años. En el día de mi cumpleaños despedí a un grupo de viajeros y los acompañé hasta el aeropuerto “Franz-Josef-Strauß” en Múnich. Nuevamente tuve que acudir al terminal 2 a un mesón de Lufthansa y nuevamente experimenté algo terrible, que no obstante esta vez fue desencadenado por mí mismo. La negligencia puede llevar a resultados fatales, si las circunstancias no te envían un ángel que te ayuda a sacarte de un apuro en el momento adecuado.

Eran las cuatro de la madrugada cuando salí junto a mi grupo de viajeros del hotel en el centro y nos encaminábamos en bus hacia el aeropuerto. Allí llevé a mis “ovejitas” al mesón de Lufthansa. Me despedí de ellos y me senté en un banco del terminal 2. Aquí quería descansar por una hora. A las seis de la mañana, ese era mi plan, iba a entregar mi maleta en el mesón de la aerolínea hacia Fráncfort del Meno. Luego pasar por el control de seguridad. Mientras estaba cabeceando en el banco, dormitando y soñando llegar finalmente a mi casa donde me esperaba una cama cómoda, comenzaron a merodear unos pensamientos incómodos a mi subconsciente. “¿Llevaste todo, no te olvidaste de nada, embalaste las cosas, todo bien? Ah, la navaja de bolsillo suiza, esa la tienes que colocar dentro de la maleta, sino te la quitan en el control de seguridad.” Dormir profundamente era imposible.

A las seis en punto me acerqué como planeado al mesón de Lufthansa y me presenté con mi identificación y el número de reserva de mi pasaje. La señora en el mesón me atendió amablemente y todo se desarrolló según lo previsto. Entregué mi maleta, recibí mi pasaje y estaba contento de tener mucho tiempo para llegar a mi avión. Lentamente me puse en la fila del control de seguridad y comencé a holgar mi cinturón y a abrir mi mochila. Años de rutina en incontables aeropuertos en todo el mundo me han hecho un pasajero rutinario. Coloqué mi notebook en la cinta. Saqué todo de los bolsillos. Saqué lo más importante de la mochila y coloqué todo en la cinta. Todo el proceso se desarrolló totalmente normal. Mientras los utensilios que yo iba a llevar a bordo y la mochila estaban en la cinta, listos para ser escaneados, yo pasaba con las manos en alto por el escáner de cuerpo. ¡Perfecto! No se escuchó ningún pito. Ninguna señal de objetos no deseados. Debo haber hecho la impresión de ser un pasajero ideal.

Me alegré demasiado temprano

No obstante, en ese momento no me he percatado de cuan oscuras estaban las señales del destino. Alrededor mío, de repente, se evidenciaba un silencio sospechoso. Todos los ojos se dirigían a mi persona. Sentí un escalofrío y mi piel se puso de gallina. Tres policías federales, llamados seguramente a través de contacto visual, se acercaron sin decir ni una palabra al escáner del equipaje de mano y calmamente agarraron mi mochila. En este momento sentí pánico. Si me hubiera desmayado en una mezcla de shock y debilidad, el guión para el show reality del aeropuerto de Bogotá, Colombia, hubiese sido perfecto: “Contrabandista alemán arrestado en el aeropuerto en flagrante”. ¡Qué portada!

Yo trataba, desconcertado, entender por qué yo me había vuelto el centro de atención. Mi conciencia estaba tranquila, y yo me obligué a tranquilizarme algo. Yo no había hecho nada malo … ¿o sí? Por lo menos no tenía conciencia de ser culpable de algo. Yo no tenía nada ilegal en la mochila. ¿¿¿O sí???

Uno de los policías federales – el de más edad, un comisario – se puso guantes de goma y metió su mano hacia el fondo de mi mochila. Luego sacó mi revolver Smith and Wesson 38 de la mochila – de mí mochila. Sacó el revolver de su funda de cuero, abrió el cargador de tambor y sacó todos los cartuchos de fogueo. Durante un momento examinó el arma. Luego se dirigió a mí: “Por favor, su cédula de identidad y su pasaje.” Yo hice lo que se me ordenó. Mientras buscaba en mi billetera por la cédula, me sentí mal y creí que iba a tener que vomitar. Maldita sea, pensaste en la navaja de bolsillo suiza y por imbécil olvidaste el revólver. “Usted ¿tiene una licencia de armas, señor Pahl?”, preguntó el comisario. “Sí.”, respondí yo y busqué, nervioso, el pequeño papel dentro de mi bolsillo de la chaqueta. El comisario lo recibió y luego tuve que esperar un buen rato. Me sorprendió el silencio y la calma con cual ocurría todo. Los pasajeros que pasaban me examinaban con ceño fruncido cuando percibían mi arma en la mesa del escáner de equipaje de mano. Evidentemente yo era un delincuente violento que no planeaba nada bueno. Si no, ¿por qué debía querer yo contrabandear un arma al interior del avión? Yo los comprendía.

Yo estaba parado, guardando silencio. No hice ningún esfuerzo en defenderme. Ningún intento de convencer los policías de ser un civil y una persona buena. No, una voz en mi interior me susurraba: “Cometiste un error y todo se aclarará.”

“¿Qué se ha creído usted, señor Pahl?”. El comisario no necesitó mucho para dirigirme esa pregunta. “Escuche, señor comisario”, le respondí, “yo me compré este revólver porque en varias ocasiones he sido víctima de un delito de violencia. Una vez apenas escapé de un ataque de arma blanca. En consecuencia, solicité la licencia de armas. De tanto cansancio, en la madrugada se me olvidó sacar el arma de la mochila y colocarla dentro de la maleta. Disculpe.”

“Esto es un delito.” Esa fue la respuesta del comisario. “Yo ahora voy a pasarles el caso a la policía del estado Bávaro. Los colegas se encargarán de los próximos pasos a seguir.”

Feliz cumpleaños

“Todos los buenos deseos para ti en tu cumpleaños”, pensé yo y traté de aceptar la situación. Eran las siete y media de la mañana, y a la media noche había comenzado el día de mi cumpleaños de 70 años. Que comienzo llamativo para una nueva decena de años de vida.

Mis emociones cambiaban ahora de minuto en minuto. Curiosamente, ahora reaccionaba de nuevo sereno. Dos funcionarios de la policía estatal había llegado dónde el comisario de la policía federal y hablaban con él. Nuevamente discurrieron 15 minutos. El comisario se dirijo a mí. Se notaba un nuevo tono en su voz y yo me di cuenta que la situación comenzaba a relajarse.

“Señor Pahl, yo ahora lo voy a acompañar hacia el área antes del control de seguridad. Allí le devolveré su arma. Tengo informaciones suficientes sobre usted y creo que algo así no le irá ocurrir nuevamente. Vaya de vuelta hacía el mesón de Lufthansa, registre el arma, pida su maleta y ponga el arma en la maleta. Luego, entregue la maleta nuevamente.”

“Increíble, eso estuvo muy cerca.”, pensé yo y respiré hondo. Que me tuve que someter dos veces más al control de seguridad para llegar a sacar mi maleta, y que durante ese proceso tuve que dejar el arma en las manos de la policía federal, mientras yo continuaba en el área de seguridad, no me incomodó en absoluto. Yo había aprendido algo, que no iba a olvidar jamás. Y sobre todo había aprendido, que las circunstancias en la vida, que nos enojan y nos llevan a adherir a los grandes prejuicios, dificultan nuestra convivencia. Muchas veces hasta la intoxican. Si ya nos encontramos dos veces en la vida, como lo dice el dicho, ¿no sería bonito que los civiles y los policías se encontraran con una sonrisa? Así, como era antiguamente.

¡Carpe diem a todos los policías en Alemania!

Leave a Reply





Durch die weitere Nutzung der Seite stimmst du der Verwendung von Cookies zu.

Weitere Informationen

Die Cookie-Einstellungen auf dieser Website sind auf "Cookies zulassen" eingestellt, um das beste Surferlebnis zu ermöglichen. Wenn du diese Website ohne Änderung der Cookie-Einstellungen verwendest oder auf "Akzeptieren" klickst, erklärst du sich damit einverstanden.

Schließen