Tenía veintipocos años. Era libre. Independiente. Veía la enésima repetición de la película “El puente sobre el río Kwai” y de repente estaba segura que yo quería pisar justo ese puente. Así por así. Porque yo era joven. Porque era fascinante. Una aventura. Porque era posible. Porque sonaba bien. No lo pensé mucho. Porque yo era demasiado joven. Porque en aquel entonces pensaba que el mundo era como una película de David Lean.

Reservar el viaje fue muy fácil. La visita guiada partía de un hotel agradable en Tailandia. Visitamos el museo. Almorzamos a un lado del puente. Todo parecía como dentro de un capullo. No se podía pisar el puente. Peligro de derrumbamiento.

Igual lo hice. Me mezclé entre los habitantes, subiendo a los rieles y en ese momento no pensé en la cantidad de personas que tuvieron que morir por esta construcción. Cuánta sangre corrió por las vigas. Porque yo era joven. Porque era una aventura. Porque el mundo para mí era una película de Hollywood.

A mitad de camino la construcción vibró. Las mujeres en sus saris de colores se apretaban contra la baranda. Una me tiró contra su cuerpo. Casi demasiado tarde. Un tren pasaba rápidamente a unos pocos centímetros de nosotros.

Una aventura que parecía salida de una película. Surreal.

La visita guiada seguía. Algo de aventura en la jungla por aquí, un poco de baño en una cascada por allá. Yo estaba cansada. Agotada con el calor tropical. No quería escuchar ni ver nada más.

De vuelta en el hotel me encontré con un alemán a quien conocía de antes. Él estaba trabajando en la industria textil cerca de Bangkok. Me ofreció una excursión. Yo soñaba con playas abandonadas, blancas como la nieve. Un restaurante bueno. Pero… la única estación fue un hogar para niños huérfanos discapacitados. Mi amigo sacó una caja con cuadernos y lápices de su maletero. Entramos al inmueble espartano y contuve la respiración.

Apestaba brutalmente.

Los niños yacían en camas oxidadas en su propia orina y defecación. O estaban sentados apáticos contra la pared y se mecían de un lado al otro.

Mi primer impulso fue: me voy. Pero no llegué a eso. Apenas había pisado la sala, una mano oscura buscó la mía. Un adolescente me sonreía con dientes chuecos y ojos tuertos. El niño tenía la edad de mi hermana en casa. Su vestimenta – puros trapos. Él me llevó al jardín, que en realidad era un patio de piso de hormigón. Me acarició el pelo que en esos días era muy largo y muy rubio y sonreía.

Mi amigo salió del inmueble dos horas más tarde. Dos horas en mi vida de cuales no quisiera tener que prescindir. Hasta hoy no sé el nombre de ese niño. Nunca supe lo que me contó, porque aparte de nuestra sonrisa y el apretón de manos no teníamos idioma en común. El tallado poco hábil en madera barnizada en café oscuro que me regaló al despedirme aun la guardo después de casi veinte mudanzas. Muestra un elefante parado en un puente.

Nunca más estuve en Tailandia. He viajado por casi todo el mundo. Pero solo muchos años, dos matrimonios y tres hijos después comprendí cual es el significado real de un puente. Es el plan entre personas.