Hay muchos conceptos y definiciones de patria. La mayoría se basa en una relación entre un espacio físico, geográfico y definido por lenguaje, cultura, fronteras y tradiciones con un individuo, cuyo estado emocional repercuta el mismo espacio.

Estas definiciones tienen su justificación cuando analizamos el término “patria” enfocando su matiz política o social. Al tratar de explicar “patria” como un concepto que va más allá del rol de ciudadano, más allá de tradiciones generales, y que es de una manera más cercano a nosotros y a nuestras experiencias hogareñas, es más fácil dejar pasaportes y fronteras de lado y hablar de lo que comemos.

La comida nos define. En el momento en el que el ser humano paró de comer individualmente y comenzó a reunir a su familia o clan para compartir juntos los alimentos, creo que en ese preciso momento nació lo que llamamos “cultura”. La comida es donde parte todo, una necesidad básica que celebramos juntos. Y las tradiciones culinarias de nuestra infancia nos marcan para toda la vida.

¿Cuál es tu desayuno favorito? Si comes baguette con jamón y queso, es probable que tengas raíces francófonas. Si te encantan pancakes con sirope de arce, es probable que seas estadounidense. Los alemanes desayunan pan negro o cereales con fruta. Y el chileno no cambia sus tostadas con mantequilla por nada en el mundo. ¿Se te hizo agua la boca? Pues, recién he comenzado.

En mi infancia, viví en Chile, pero la casa de mis padres seguía tradiciones alemanas. Esa mezcla se evidencia en mis comidas predilectas: tomaticán, Klöße, Waffles con salsa de cerezas caliente, y hallulla con mantequilla y manjar.

Manjar es, en mi opinión, el dulce más rico que hay en el mundo. Sólo se supera en combinación con un pan blanco tostado – de preferencia hallulla, un pan circular con una masa algo más compacta – en el que se esparce una buena cantidad de mantequilla. Tiene que ser tanta mantequilla que no logre derretirse por completo. Mientras la capa de mantequilla inferior toca el pan directamente y se derrite, siendo absorbida por el pan, permanece una capa cremosa, aun de color. Rápidamente, se le añade una buena cantidad de manjar y al esparcirse este en el pan, la mantequilla cremosa y el manjar comienzan a mezclarse, generando un aspecto veteado. Ese pancito con una taza de té o café me quita todo tipo de problemas, ansias, miedos y enojos en menos de un abrir y cerrar de ojos. El mejor manjar es el que se hace en casa, la receta es fácil, sólo se necesita una cuchara de madera, una olla preferentemente de cobre, leche, azúcar, un palo de vainilla y algo de paciencia: Poner 2 litros de leche en una olla, añadir 900 gramos de azúcar y el palo de vainilla. Poner esa mezcla a fuego alto. Cuando empiece a hervir, revolver con la cuchara de madera. Bajar el fuego para que no se derrame la leche y continuar revolviendo hasta que el azúcar se disuelva. Cocinar a fuego lento, siempre revolviendo lentamente hasta que espese. Después de más o menos una hora de cocción y sin parar de revolver se verá cómo la leche se reduce y cambia de color. Seguir con la cuchara de madera mezclando hasta que cueste realizar esta acción. Cuando pase esto será que el manjar está listo.

Los Klöße son una especialidad alemana y sus recetas varían de región a región. La receta que cocinaba mi abuela era la siguiente: 500 gramos de papas harinosas, 100 gramos de maicena, una yema de huevo, una cuchara de mantequilla, sal y nuez moscada. Lavar las papas y pelarlas, cortarlas en pedazos chicos y cocerlas, dejarlas enfriar un poco y pasarlas por una prensa. Sazonarlas con sal, mantequilla y nuez moscada. Mezclar con la yema y maicena. Untar las manos en agua y hacer pelotitas de la masa, chicas o grandes a gusto. Colocar una olla con agua para hervir los Klöße. Cocinar primero un Kloß como prueba. Si se desarma, mezclar la masa con más maicena. Si el Kloß de prueba sale bien, se pueden hervir los otros Klöße. Se deben hervir entre 15 a 20 minutos. Los Klöße se sirven con carne al horno, con mucha salsa. Sin embargo, en restaurantes de comida tradicional en Alemania se ofrecen los Klöße también solos, acompañados con algo de salsa. Lo mejor es dejarlos para el otro día, rebanarlos y freírlos en mantequilla, hasta que queden dorados por ambos lados. Acompañados con jugo de carne o salsa espesa oscura son una delicia.

El tomaticán junta lo que a mí más me gustaba en verduras cuando era niña: tomates y choclo (así se llama el maíz en Chile). Es un guiso muy popular en Chile, que normalmente se disfruta en verano, ya que en esa época del año se encontrarán los ingredientes frescos. El tomaticán puede acompañarse con arroz o papas cocidas, o simplemente con pan rebanado. Se necesitan 4 tomates medianos, 2 o 3 choclos (la mazorca) mediana desgranados, 1 cebolla (a mí me gusta substituir la cebolla por jengibre, le da un toque picantito al tomaticán) cortada en pluma, ajo, 300gr de carne (en mi casa lo hacíamos con carne molida, pero normalmente se hace con posta o asiento cortado en tiras), ají de color en polvo, orégano, pimentón verde picado, 2 tazas de caldo de carne o agua (o una taza de agua y una de vino blanco)sal, pimienta, aceite. Freír la cebolla, agregar la carne y saltearla, luego añadir el pimentón. Agregar los choclos desgranados y el tomate cortado. Añadir los aliños, revolver bien y agregar el agua o caldo de carne. Tapar la olla y cocinar por unos 10 minutos. Tratar de no recocer, ya que los ingredientes deben sentirse “al dente”. Y ¡listo! Recuerdo que nuestra empleada, asesora de hogar y finalmente integrante de la familia cocinaba el tomaticán que yo devoraba. Mi madre en algunas ocasiones trató de cocinarlo en Alemania, para recordar nuestro querido Chile, y al probarlo yo siempre le decía: “No te quedó mal, pero en Chile sabe mejor.” No sé a qué se debe, supongo que los tomates y el choclo en Chile son más intensos en sabor, o tal vez será la carne molida de vacuno en vez de mezclada como en Alemania. De todos modos, sigue siendo un plato preferido mío, y asocio esta comida al verano, a playa y calor.

Los Waffles son un dulce originalmente francés, que es conocido en toda Europa central como un postre o acompañamiento para el té. Hay una variedad sin fin de esta masa y cada familia cultiva su propia receta. Cuando fallecieron mis abuelos, mis tíos y mi madre encontraron el molde para hacer waffles de mi bisabuela, y al unísono gritaban “Zimtwaffeln” y se les hacía agua la boca. El mismo día hicimos waffles de canela, Zimtwaffeln, siguiendo la receta de mi bisabuela Emilie que les comparto ahora: necesitan 625 gramos de azúcar, 6 huevos, 375 gramos de mantequilla, canela y harina. El azúcar, los huevos, la mantequilla y la canela se mezclan y se le añade harina hasta que tenga consistencia suficiente. Los waffles se cuecen en el molde y se sirven ojalá calientitos. Tradicionalmente, en Alemania se sirven con una salsa caliente de cerezas, pero la receta de mi bisabuela acompañaba los waffles de canela con crema.

¡Disfruten estas recetas!

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