Réquiem por un violín (1): Patria

Réquiem por un violín (1): Patria

En los callejones oscuros de Bogotá, hay rincones donde nunca te puedes sentir seguro. Quien sea que viva en esta ciudad lo sabe. Y sin embargo… ¿No hemos estado todos alguna vez en una situación innecesariamente peligrosa en nuestras vidas?

¿No hemos contado alguna vez, (cada uno por sí mismo) con un alivio profundo en los labios, la historia, cuando se las apañó para salvarse de una situación amenazado entre vida y muerte, cuando prácticamente se saltó del vagón del deceso? Cualquiera que nunca haya pronunciado con agradecimiento la frase “hombre eso podría haber terminado de forma muy diferente”, quizás ha querido olvidar el asunto, o, de hecho, es un “Bohemio Feliz que no conoce el peligro”. Esta última no es tan divertida en la vida real como suena en la comedia “Doña Diana”, porque si no conoces el peligro, no tienes la capacidad de protegerte de él. Tal vez por eso el peligro para uno mismo se ha convertido en algo cotidiano.

¿Valiente como la muerte o un Bohemio?

Ponerse en peligro, no siempre es punible por la ley. No tiene por qué serlo. Cuando las cosas se ponen feas, el castigo máximo por poner en peligro la propia vida es letal y a menudo la multa te sigue en tus talones. Se realiza en segundos y permanece irreversible. ¡Amigo Calavera siempre tiene temporada alta!

Una noche como cualquier otra

En febrero de 1978 -un viernes por la mañana poco después de las cinco de la madrugada- a la sombra del sol naciente, un anciano de pelo gris, de unos sesenta años, de tamaño mediano y delgado, paseó desde la Carrera Sexta hasta la gran Carrera séptima, la principal avenida de Bogotá. Vestía un traje oscuro, una camisa blanca y una pajarita adorno el cuello blanco de su camisa. Una bufanda blanca de seda colgaba suelta por su escuálido cuello. Él estaba vestido como un músico de orquesta de la época ancestral del otro lado del Atlántico, cuando regresa a su casa tras una aclamada presentación musical. Zapatos negros brillantes, por supuesto. Nunca salía de casa sin que sus zapatos brillaran. Esa era una vieja costumbre, desde la época del ejército, luego en Alemania. Por debajo del brazo, todo músico, sostenía su añoso violín en una funda.

El hombre se acercó a la Carrera Séptima. En la esquina cruzó, y tomó la Avenida, bajó hacia la Quinta, pasó por el Hotel Mónaco y encendió un cigarrillo. Un poco tocado del alcohol, ciertamente no estaba borracho, se detuvo un momento. Miró a su alrededor, succionó largamente el cigarrillo, inhaló el humo gris lenta y profundamente en sí mismo, miró a su alrededor dando una impresión de felicidad. Estaba tan feliz y dichoso como cuando los hombres acaban de dar la espalda a la puerta de un burdel después de una larga noche de fiesta intensa. Unos pasos más adelante, justo antes de la Carrera Quinta, en frente de la Panadería “El Cometa” -quizás la panadería más famosa de Colombia-, dos robustos bandidos saltaron sobre el hombre para robarle. Nuestro amigo se defendió con vehemencia, dejando caer la funda del violín en la acera. Los ladrones eran jóvenes, el hombre tenía más de sesenta años. Los tres lucharon entre ellos. La ira dentro del viejo hizo que la resistencia del anciano fuera aún más vehemente. Cuando uno de los bandidos sacó un cuchillo y lo clavó ciegamente dentro del cuerpo de su víctima con todas sus fuerzas. Herido de muerte, el hombre se derrumbó. Con la última fuerza se tambaleó un poco, ya estaba cerca su final. Se estrelló en la acera pavimentada y se desangró en el acto. Irreconocibles y sin presa huyeron los ladrones; la próxima víctima ya estaba esperando en la siguiente esquina. Hay muchos de ellos en esta ciudad infinita.

Caos en la acera – Cómo los socorristas se convierten en sepultureros.

Detrás de la puerta cerrada del Hotel Mónaco, el portero nocturno había observado la escena. Él fue quien llamó a la policía y a los servicios de emergencia. Los socorristas llegaron primero. Sólo podían determinar la muerte del músico. Debido a que la policía no llegó a la escena inmediatamente y los funerarios tampoco, los propios socorristas llamaron al fiscal por radio. Él también era más rápido que la policía, determinando la muerte de la víctima y liberando el cuerpo para su transporte. Mientras la policía aún no se presentaba, los paramédicos cargaron al muerto en una camilla dentro de la ambulancia, le cubrieron la cara con la bufanda de seda blanca ensangrentada, miraron a su alrededor por última vez, vieron el cofre del violín en la acera, se lo llevaron y condujeron junto con el cadáver hacia la morgue de medicina legal de la ciudad, para que se oficializara la causa de muerte. Cuando la ambulancia tomó la curva hacia la Avenida y se fue a toda velocidad hacia Chapinero, con la sirena aullando, la policía llegó apenas a la esquina de la séptima con luces azules encendidas, como último recurso.

Todo rutinario – Todo como siempre.

Un muerto, dos asesinos desconocidos. Ningún testigo. Sólo un par de sonámbulos, vagabundos, borrachos, ebrios, drogados. A 200 metros de la escena del crimen, las prostitutas del prostíbulo – donde el hombre había pasado toda la noche – le habían regalado sonrisas con besos de mano, después que él se había despedido, antes de cerrar la puerta. Ellas se quedaron sin percatar absolutamente nada de la tragedia. Nadie podía ni quería haber visto algo en concreto. Los entrevistados sólo dijeron cosas nimias sobre el hecho. Para la policía, se resolvió el caso muy rápido. Incluso la prensa se tomó más tiempo para este evento que los gendarmes. Los periodistas de “El Tiempo” escucharon en la radio-antena de la policía lo que acababa de ocurrir en el centro de la ciudad. Enviaron a un reportero para ver si había algo de lo que valiera la pena escribir un artículo. En Bogotá, los asesinatos son tan comunes, hay cada noche uno – para ser preciso. No siempre llama el interés de los periodistas. Sólo para los guardas de la ley quedó “Una baja más al acta” – una víctima más de los expedientes. ¡El siguiente, por favor!

Los bolsillos vacíos – Los brazos llenos.

Si bien fue una noche como cualquier otra para la policía, para los reporteros de “El Tiempo” se puso interesante. Resultó que el muerto era un violinista como ninguno, no un sencillo músico callejero, no, y su violín tampoco era un violín ordinario, este era un precioso Stradivarius que, si los ladrones lo hubieran adivinado, la historia sería otra. Su valor estaba por encima de los codiciados coches nuevos importados desde Europa. Los brazos del hombre y sus bolsillos vacíos se habían convertido en su perdición. Él llevaba la verdadera joya visible y, sin embargo, completamente irreconocible delante de él.

Un dueño de una mina de esmeraldas colombiana le había ofrecido una vez 100.000 dólares estadounidenses por el violín. Quería dárselo a su hijo. El pretendía que este regalo extravagante despertara en él los deseos de aprender a tocar este instrumento. El dueño de la mina de esmeraldas no ambicionaba nada menos, que tener un violinista famoso en su familia. Dinero no importaba. De eso tenía suficiente. Quería reconocimiento social, y con eso vislumbrar respeto por parte de los de arriba en la escala social. No había cosa más importante.

Esa ascensión social sólo se puede lograr a través de un camino educativo excepcional. Había que lograr tantos méritos como fuera posible, todos en un gran escenario, para que el país entero los reconociera desde lejos. En la cabeza de su padre, el hijo debería empeñarse para que su país y su familia alcanzará un gran prestigio a nivel mundial. En las salas de conciertos internacionales los virtuosos sudamericanos ya estaban muy solicitados en aquel entonces. Un violín precioso sería el comienzo de una gran carrera, pensó el dueño de la mina de esmeraldas cuando le hizo su oferta al hombre. Pero el hombre no soltó su Stradivarius por ningún dinero del mundo. Ni aquella vez, ni en esa fatídica noche letal en Bogotá.

Beso fraternal entre iguales.

El hombre del que todos los periódicos del país informaron al día siguiente era Johannes Schwarz. Conocido por todos con el nombre de Johny. Aquellos que nunca habían oído el nombre de Johny Schwarz en Bogotá en los años setenta del siglo pasado, tuvieron que vivir solos y encerrados en una casa lejos de la ciudad cosmopolita, sin radio ni televisión, porque Johny era el cofrade de músicos desde la cresta hasta el fondo, admirado y adorado por muchos músicos locales. Comenzando desde el Club Militar, en la capital, donde entretenía a generales y hombres de estado con su orquesta, hasta en los canales de televisión, que en ese momento casi todas todavía emitían sus programas en blanco y negro, Johny fue un invitado muy bien recibido. Lucho Bermúdez, entonces el más famoso de todos los directores de orquestas colombianos, siempre saludaba a Johny cuando lo encontraba en plena calle con un abrazo firme y un beso fraternal de igualdad, tanto se respetaba al músico de Alemania.

Johny vuelva a tu casa.

¿Quién era ese Johny Schwarz? ¿Qué tipo de persona se reveló detrás de esta deslumbrante figura de hombre y músico?


Más de una vida había terminado en el amanecer de ese desafortunado día. La biografía de Johny Schwarz habría valido por lo menos cinco libros abultados para cualquier editora si el autor hubiera querido escribirla. Pero a Johny no le gustaba “PP”, como él lo llamaba, significando “publicidad personal”. Publico sí, pero una alabanza muy aclamada bla, bla, bla, fuera de cualquier logro musical – ¡de ninguna manera! Su lema era, tienes que tocar, tocar, tocar, y luego recibes aplausos. Y cuanto más aplauso el recibía, mejor podía tocar. Publicidad en forma de prensa, radio y televisión fuera de una presentación artística, era en sus ojos “todo parloteo”. Y tenía tanto que contar.

Recuerdo muy bien cuando lo conocí por primera vez. Fue en mayo de 1971, acababa de asumir la dirección del Club Angloamericano en el centro histórico de Bogotá, cuando me toco organizar el primer gran evento que se me pidió organizar, como Director Ejecutivo del Club. Era la recepción de la boda para la hija de un celebre industrial colombiano. Un poco más de 100 invitados fueron convidados. Había langosta y caviar para todos, un suculento menú principal con varios platos distintos. Vinos y champán, por supuesto, y claro, la banda de baile más famosa de la capital estuvo comprometida durante todo el día. Me di cuenta de que el director de orquesta, hombre de presencia europea, hablaba con un ligero acento extranjero cuando se comunicaba con sus músicos en español. Mientras yo desconcertaba de cual país de Europa venía, me habló inmediatamente en alemán. Con una encantadora sonrisa en su rostro, me extendió su mano para saludarme: “Mi nombre es Johny. Johny Schwarz. Pero para ti, yo soy Johny. Olvídate del Schwarz y del Señor. Demasiado veloz, pensé. Me sorprendió tanto que lo observé y no pude evitar inspeccionarlo desde arriba para abajo con los ojos bien fijos. Su apariencia me había perturbado. Y aunque no tenía intención de examinarlo de esa manera, mi apariencia incontrolada dejó exactamente la impresión que quería evitar. Johny no me perdonó este momento durante mucho tiempo y pasaron años hasta que se convenció de que yo no era un hombre arrogante. Lo primero que me llamó la atención fueron los zapatos negros limpios y brillantes y el pliegue preciso de sus pantalones de seda negra sobre ellos. Ante mí había un hombre que pertenecía a la generación de mi padre. Sin dudarlo, le devolví la sonrisa, le cogí la mano y también me presenté: “Yo soy Arturo, olvida el Pahl. Encantado de conocerte.”

Este saludo fue el comienzo de una larga amistad con Johny. Momentos después, el hielo entre nosotros se descongeló. La banda que tocaba bajo su dirección tenía un ritmo fenomenal. Salsa: Tumbadora, bongos, timbales, ocasionalmente acompañados de claves y maracas, mientras que el acordeón, la batería, la flauta, los violines y los instrumentos de cuerda destacaban el conjunto. En el medio, Johny, con su amado violín en la barbilla, él lideraba la orquesta en solitario. Cuando tocó las cuerdas con el arco, una tierna sonrisa surgía sobre su cara. Cuando Johny tocó en solo, la presentación se convirtió en un acto de amor abierto por todo el escenario. El apasionado intercambio entre el músico y el violín – su violín, en realidad nada más que una pieza de madera fina, de la que podía obtener sonidos, que catapultaron muchos corazones arriba, a un cielo de alegría. Qué sonido. Cuando todos tocaron en conjunto el Crescendo, las paredes se tambaleaban por todo el pasillo e incluso la abuela de los suegros, que tenía cien años, balanceaba su pierna y movía su cadera, bailando sobre el suelo de la pista de baile.

Desde que recuerdo a Johny, siempre han estado presentes risas y coqueteos cuando nos encontramos. A lo largo de los años nos conocimos mejor y nos contábamos cosas de nuestras vidas. Así es como me enteré por él, que era de Halle, Alemania. Hijo de un músico de cámara. Nacido en 1917, dos años mayor que mi padre. No reveló mucho de su infancia. Sólo que siempre quiso ser músico, igual que su padre. Este le dio un regalo de cumpleaños por su 12 aniversario. Lo llevó a Berlín y le dio una entrada para un concierto del joven violinista Yehudi Menuhin, que debutó en un concierto para violín en E-duro de Beethoven y Brahms bajo la dirección de Bruno Walter. Esta sensación musical sólo fortaleció al joven Johny en su deseo de convertirse en músico hasta el punto de no pensar en otra cosa a partir de ahora. En algún momento también quería estar en un gran escenario y disfrutar de los grandes aplausos ante un público internacional.

Cuatro años más tarde, cuando Johny le faltaban tres años para terminar su bachillerato, Hitler tomó el poder en Alemania. Johny no veía la hora de matricularse en el Conservatorio de Halle. 1936 fue el año. Pero tres años después comenzó la guerra. A Johny se le permitió estudiar música durante dos años más, y luego fue reclutado.

Estaba bien al principio. Después de un entrenamiento básico con la Wehrmacht, fue transferido a un casino de oficiales. Allí tocaba el violín por la noche y por lo demás cumplía con las tareas de guardia de los oficiales, que querían ser entretenidos. Uno o dos mayores, capitán o general. Una fiesta de cumpleaños aquí, un aperitivo para un héroe de guerra allá y cosas por el estilo. Hasta que llegó la orden de tomar posición en el Campo de Guerra. En 1943, todos los hombres eran necesarios. Johny fue asignado al Grupo del Ejército Central. Nuevamente tuvo contacto con generales y oficiales. Pero en algún momento él también no pudo escapar de la lucha. En marzo de 1943 fue herido en Bielorrusia durante la batalla de Bialistok. De ahora en adelante, la guerra había terminado para él. Fue enviado a un hospital militar detrás del frente de la batalla, en el norte de Baviera, donde fue operado veinte veces en un año. Se le quitaron las astillas de la espalda. Trataron heridas. Terapia de la parálisis temporal en las piernas. Tomó dos años, cuando la guerra estaba a punto de terminar y Johny pudo volver a caminar, más o menos. Aún no tenía treinta años, y había visto más que la mayoría con ochenta. La guerra, el hambre, la crueldad, seguía siendo uno de los afortunados, que no estaba expuesto a las batallas la mayor parte del tiempo, debido a su profesión, su encanto. Johny sabía cómo hacerse querer. Pero en su interior había mucho daño. En esto apenas no se diferenciaba de sus contemporáneos. Los padres, murieron, se habían quemado en el refugio antiaéreo de la ciudad de Halle durante una noche de ataque de bombas. No tenía hermanos y había roto las relaciones con los otros parientes, desde que se mudó al campo. Cuando terminó la guerra, el futuro de Alemania se había quedado atrás. Al menos desde su punto de vista, era sin alternativa.

Durante su estancia en el hospital había reflexionado mucho. El aburrimiento, los chismes desinhibidos de los camaradas. Los lloriqueos y las fanfarrias. Las mutilaciones. El hedor de las heridas y el éter. Ardor contra el dolor – los analgésicos preparados de morfina se habían agotado hacía mucho tiempo. Había conflicto. Ira y desesperación. Desesperanza en esto y en lo otro, en lo que el destino tenía previsto ahora y más adelante. Al final, para muchos de ellos significó más que un vacío – en el peor de los casos, la nada total.

De nuevo, el único rayo de esperanza en su existencia era la música. Pero en el campo de batalla su violín se había perdido. Cuando despertó en el hospital de campaña, nadie sabía nada sobre el paradero del instrumento. De no poder seguir tocando música lo dejo caer en un agujero depresivo, lleno de oscuridad. A veces, cuando el paramédico les organizaba bebidas baratas, que luego entregaba en una botella amarilla de vidrio para que escaparan de la rutina diaria del hospital, se sentía abrumado por el anhelo de su violín perdido, que su padre le había dado cuando fue admitido en el conservatorio. Imaginó que un cosaco ruso tocaba Kasatschók en él, en algún lugar de un bar de soldados en Berlín, mientras las prostitutas de los soldados bailaban a su ritmo, rodeados de rugientes rusos, que dejaban que las botellas de vodka anduvieran en círculos. Le dolía imaginar que su violín fuera degradado de esta manera. El violín era de Egerland, ninguna Stradivarius, pero ciertamente no cualquier violín. La pérdida fue una angustia que ardió en lo más profundo de su ser, que trajo consigo un sentimiento como algo de patria y melancolía y sí, también de anhelo, por lo que la patria una vez fue y ya no podía ser. “Johny vuelve a casa”, tarareaba en voz baja. Con la boca cerrada y los dientes firmemente apretados unos contra otros, gritó silenciosamente su dolor sin ninguna lágrima dentro de sí mismo. Todo lo que no quería mostrar al exterior, simplemente tarareaba, mientras que el alcohol pasaba de cama a cama en el cuarto del hospital, y hasta que el biberón de vidrio amarillo estaba vacío.

A veces pensaba que habría sido mejor la pérdida de su habilidad de poder caminar, que la pérdida del Violín, que ahora no podía tocar más. Fue la primera vez en su vida, que tuvo que pasar tiempo sin su violín. Pero ¿de dónde sacaría un violín en estos tiempos de hambre y necesidad?

En el hospital militar conoció a un músico de una banda folclórica que era de Mittenwald, el Sepp, quien, al enterarse de que Johny era un concertista de formación, se alegró tanto que ya no quería tocar más su propio instrumento, por la noche, cuando se sentaban juntos en sus camas y se ponían risible. “Toca Johny toca” lo animaron. Y Johny tocó para ellos en el violín prestado del Mittenwald-Sepp todas las melodías que se habían convertido en un hit musical en las últimas décadas: “Cómo podría haber vivido sin ti”, de Lilian Harvey, “En el Reeperbahn a la una y media de la madrugada”, “Estoy acostumbrado al amor desde los pies hasta cabeza”, la antigua sentimentaloide de Marlene Dietrich. Pero también Richard Strauss, música gitana húngara y de vez en cuando un clásico de Beethoven o Mozart, poco antes del final de la noche, como si fuera la dulce canción de cuna antes de que se apagaran las luces. Mientras tanto, médicos, enfermeras y pacientes se reunían a su alrededor desde todas las habitaciones del hospital, escuchando los encantadores sonidos. Con él en el centro se encontraron como el público aplaudidor.

El Sepp se encariño tanto de Johny, que el día que Johny fue dado de alta del hospital, le regaló su violín.

“Si sabes, prusiano”, le hablo en palabras sustanciales de su dialecto bávaro, “Yo vengo de Mittenwald. Nos tenemos mucha madera para hacer violines, esta ahora es la tuya… Violín”. Al prusiano Johny le corrieron las lágrimas por las mejillas cuando Sepp, de Mittenwald, le regaló el violín de despedida.

Con un violín de Mittenwald bajo el brazo, el futuro de Johny estaba asegurado. Así que podría volver pronto a tocar en un escenario de músicos. Hora cero. Fiestas de baile. Banquetes. Los que retornaron de la guerra. Viudas de Soldados. Casino de oficiales con los americanos en la base militar. Hubo muchas oportunidades para empeñarse como músico profesional. Johny finalmente pudo volver para ganarse la vida. Incluyendo las transacciones de trueque. Cigarrillos. Medias de nylon. Whisky.

Apenas dos años después de su herida de guerra, estaba listo para dejar el país. Era como muchos otros exsoldados cuando regresaron y no encontraron nada más que escombros y ruinas. Habían perdido la confianza en el futuro. La palabra Patria en su propio país de repente ya no tenía sentido para ellos. Querían irse y encontrar otro, un nuevo hogar. ¿Adónde, eso tampoco era claro para Johny? Para los Estados Unidos, ni siquiera quería intentarlo. Había oído que algunos ex soldados de la Wehrmacht que estaban activos en el campo de batalla no obtuvieron visas para los Estados Unidos. (Años más tarde, cuando el científico alemán y ex oficial de las SS Wernher von Braun se convirtió en ciudadano estadounidense y capturó las pantallas de televisión en todo el mundo durante el alunizaje, 1969, Johny también lo vio en su casa en Bogotá en la pantalla del televisor. Hasta su muerte, le molestaba que los estadounidenses le hubieran dado un pasaporte estadounidense a un ex miembro de las SS. (Si lo hubiera sabido, él, que nunca fue un nazi, se habría atrevido a emigrar a los Estados Unidos).

Pero para él, todo viraba muy diferente. Johny pensó en el Caribe, en las Antillas Holandesas, de las que había oído hablar, y también que las cosas serían más civilizadas allí que en las otras islas del Caribe. Con dólares de los americanos compró un billete a Willemstad. En una pequeña maleta tenía las pocas pertenencias que aún llevaba consigo. Y por supuesto su violín de Mittenwald, que le regaló el Sepp de Mittenwald.

¿Qué le ocurrió a Johny al cruzar al nuevo mundo? ¿Cómo llegó finalmente a Colombia y encontró allí su nuevo hogar y cómo el violín de Mittenwald se convirtió en el Stradivarius? ¿Por qué el último día de su vida se puso en un peligro tan predecible? Cual diablo puede haberle montado esta noche, pues los caballeros mayores con cara de centroeuropeos atraen la atención, especialmente en Bogotá. A plena luz del día, tales hombres no andan caminando sin cuidado. Mucho menos por la transición de la mañana entre las tinieblas a la oscuridad de la noche por la luminosidad del día, indiferentes y medio ebrios, hacia los que los esperan a asesinar. Todas estas conexiones responden en parte de la pregunta, sobre la personalidad del hombre y toda la complejidad, que se escondía detrás del actor del acontecimiento. Eso y más aprenderán, queridos lectores, en la segunda parte de esta historia real de nuestra edición de enero de 2019, “Familia”.

Arthur Pahl

Arthur Pahl

Arthur Pahl nació en Gladbeck / Westphalia y creció en Würzburg. Después de entrenar en el sector hotelero, completó una pasantía en finos restaurantes suizos, trabajó como mayordomo en un transatlántico, vivió en los EE. UU., Colombia, Canadá y Brasil, turnándose de agricultor de arroz a comerciante de esmeraldas, taxista, vendedor de tumbas y corredor de bolsa, antes de regresar a Alemania, donde se desarrolla trabajando como guía turístico para grupos de turistas internacionales. El lema de Arthur es: “Escribir es vida – Leer es saber comprender la vida.

Un comentario en «Réquiem por un violín (1): Patria»

  1. Un articulo muy interesante que nos lleva a pensar sobre la vida y la muerte. Es duro que en latinoamérica este tipo de cosas sean el día a día desde hace decadas. Arthurt, muchas gracias por compartir esta historia. Ich freue mich schon auf den zweiten Teil deines Artikels. Viele Grüße aus Medellín!

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *