El señor B. refunfuñaba. El ascensor está roto. Siempre lo mismo con esa porquería de ascensor. Subió las escaleras dando pasos firmes. Su vivienda estaba en el tercer piso. Debajo de su brazo sujetaba una caja gris de cartón. En el sotano, cuando estaba recogiendo, la había encontrado, una cosa desconocida para él, y eso que recordaba muy bien todo lo que estaba guardado ahí abajo.

Entró en su casa y cerró la puerta con una patada. Eso lo hizo para oír algo, porque en sus habitaciones no había ruidos, desde hace años no había, quizá nunca los había habido. No recordaba bien. Ya no recordaba.

En la casa de al lado hubo risas. Altas y alegres. Para que no le dolieran tanto esos sonidos, refunfuñaba, los alejaba refunfuñando; dejó el cartón en el suelo y se fue a su balcón. Se quedó un rato ahí de pie, vió un globo volando en el fondo del cielo azul. Parecía un recortable. La gente en la barquilla del globo intentó coger las nubes. El cielo empezó a cambiar su color a rojo oscuro, igual que ayer. Entre las hojas de los árboles vislumbraba el tiempo.

El señor B. se volvió adentro. Al lado, las risas bajaron de tono. Levantó la tapa del cartón. Sellos que ya nadie conocía. Direcciones, corregidas con típex. Eran cartas muy viejas, obviamente se trataba, en su mayoría, de correspondencia entre su madre y su hermana. Pero también su padre había escrito, con amor y cariño. Seguro que a ella la habían mandado otra vez a una terapia en un balneario, pensó, pues ha estado enferma toda su vida.

Las personas que el señor B. había querido en su día, habían desaparecido o estaban muertas. Y ahora volvieron a aparecer en estas cartas, de hacia tanto tiempo.
¡Mi familia! murmuró orgulloso.

Familia. Hacía mucho tiempo que no se acordaba de ella. Aunque… cuando dentró de él había paz, también solían venir aquellos a los que nunca olvidaría. Entonces oía el reparo de su madre que no hiciera aquello o el otro, o el enfado de su padre:

No seas tan quejica, un chico no llora.

Y en estos minutos oía también la voz de su hermana, como siempre con esa ligera ironía.

Abandonó el presente y emprendió camino al pasado. Toqueteaba con los dedos por el fondo manchado de la caja donde se había quedado pegada la última carta. Estaba escrita a máquina. Por lo tanto, era de su madre, escrita para la hermana, y ponía que la visita al festival de cine no era para ella, escribió sobre la facilidad con la que una niña guapa podía quemarse las alas, que las heridas por quemaduras dolían por mucho tiempo. La madre del señor B. le recomendó mejor ir con su padre, pues su influencia era grande y él podría protegerla. Además, era un bailador elegante y bueno.

Es que una no se deja invitar sin más por otro. Las invitaciones son un compromiso, en nuestra familia todos pagan su entrada propiamente, también aquella que se paga cuando se sale a la vida, leyó.

Que no pueda acordarme de eso, se extraño el señor B.

¿Qué habrá sido de aquel festival de cine? Tal y como era mi hermana, ella sí que habría ido.

Pero una cosa sí que sabía: cuando volvió a casa, se rebeló. Eso era algo muy interessante para el señor B., y se había unido a ella aunque para él, a sus once años, aún no había razones para protestar contra sus padres. Aprendió rápido. Solía escuchar atentamente las discusiones infinitas. Especialmente cuando el padre advertió a su hermana con insistencia de los hombres adultos, en general de todo lo que era o iba a ser masculino. El señor B. se dió prisa en hacerse mayor. Pasó tiempo hasta que ese chico delgado de buen ver se convirtió en un señor B. Mientras, idolatraba, entre otras actividades como el colegio, a su bella hermana y se reía de los padres que coartaban su mundo.

Cuando opinó que era el momento de convertirse en un hombre con éxito, abandonó a la familia. No la necesitaba. Y en eso se olvidó de que había sido ella la que lo había cuidado y protegido, la que lo amaba, tal y como era.


El señor B. calculó aproximadamente la cantidad de cartas. Parecían ser tantas que, si leyera una cada día, sería suficiente con casi un año entero.

Así lo haré. Tengo tiempo, y lo malgasto y me aburro si no, sin emoción, sin amor, y tan condenadamente solo.

Desde hace semanas, el señor B. está sentado en un rincón de su sala de estar, cerca del balcón, delante de una mesita. Encima de la mesa hay fotografías enmarcadas, padre, madre, su hermana, él también y tías, tíos, primos y primas.

Todos están muertos. Solo para el señor B. han vuelto a la vida, y en cada carta que va leyendo, se entera de cosas de antaño olvidadas desde hace mucho tiempo. Al lado de él, en una mesa auxiliar, una tetera abombada desprende un olor a Yunnan Gold, un té negro que su padre había traido de sus viajes. Era algo de lo que el señor B. se había acordado y comprado un paquete grande. Incluso hoy, este té sabía un poco a cacao y felicidad infantil.

Suspira lleno de gusto. Quedan tantas cartas. En cuanto las haya leído todas, quiere volver a empezar desde el principio. Antaño también solían contarse las cosas varias veces.

El señor B. tiene un aspecto más amable. Es algo que llamó la atención del vecino, de Bodo. A veces, los hombres hablan de esto y de lo otro. Hoy, Bodo se quedó mirándolo mucho tiempo mientras se alejaba. Era porque el señor B. había dicho:

Ahora no tengo tiempo. Aún tengo que preparar el té, recoger un poco, mudarme de ropa. ¡Enseguida viene mi familia!

Lo decía orgulloso y con una fina sonrisa.

En la puerta, Bodo aguzaba el oído largo rato.

¡Pero ya no tiene a nadie! se extrañó, y se sorprendió aún más cuando oyó hablar al señor B. en voz baja.

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Monika Detering

Monika Detering quería ser grumete o pintora. Se convertido en marionetista y trabajo en Nueva York, Washington y Filadelfia, así como en las islas de Frisia Oriental. Actualmente escribe y publica novelas como “Der Sommer des Raben” (2017), “Ich bin Hermann (2017) y novelas policiacas, mas recientemente “Macht, Gier und Haie” (2017), “Bittere Liebe an der Ruhr”, junto con el Coescritor Horst-Dieter Radke (2017).
Ella vive con su marido en Bielefeld, Westfalia, Alemañia, tiene tres hijas mayores y ama mucho a su gran familia
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