Un encuentro en la escalera

Un encuentro en la escalera

Entre vecinos, uno se saluda cordialmente al encontrarse. Eso es bien usual en Alemania. Amablemente se intercambian algunas frases, luego cada uno sigue por su camino. El alemán normalmente no quiere parecer curioso. El pararse en la escalera de la casa para hablar sobre chismes no es muy bien visto por aquí.

Hace poco, nuevamente me he encontrado con un vecino en la escalera. El se llama Franz. Hace ya algún tiempo nos tuteamos llamándonos por el nombre. Yo lo llamo “Franz” y él me llama “Arthur”. Cuando nos vemos, a veces nos tomamos el tiempo de conversar, pero muy raramente y si es que pasa, entonces es por un tiempo cortito. En esas ocasiones suelo ser yo el que habla más, a Franz le gusta más escuchar.

Franz y yo – una relación de vecinos típica alemana

Hace diez años vivimos pared por medio. Hasta ahora tenía la opinión de saber ciertas cosas sobre la vida de Franz. Cosas de las que uno se entera viviendo diez años uno al lado del otro. Por ejemplo que Franz no tiene pareja, que él pasa mucho en casa. Ah, sí, y que no habla mucho. Aparentemente no tiene compañero o familia. Quien no recibe nunca visitas en casa probablemente no tiene familia. Y más de una vez pensé: “Él es un tipo solitario, pero simpático, uno de los que nunca llegaron a casarse. Eso no es nada peculiar. Eso se da bastante.”

EL encuentro en la escalera que normalmente demora solo un momento, hoy tuvo un giro diferente y me tomó más tiempo. Sentí que Franz estaba conmovido por algo que deseaba contarme, por eso decidí pararme y escucharlo. Hice lo que hoy en día se hace muy pocas veces, le regalé mi tiempo.

Y allí fue que me enteré de algo sobre mi vecino que me sorprendió mucho.

Familia – si la tienes, no la sueltes

“Familia – esta es una palabra demasiado corta para un significado tan enorme. Deberes, alegrías, unidad, todos por uno y uno por todos. Hasta que la muerte nos separe. Estas promesas no son fáciles de cumplir, las familias hoy en día son más diversas, más difíciles, pero a veces hasta da la impresión que este modelo de vida ha sido superado. Indispensable? En la mayoría de las veces sí. Surgen crisis que no tardan en llegar, quien trata de huir de las crisis, creyendo que es demasiado complicado como para enfrentarla, quien trata de distraerse porque cree que el pasto al otro lado es más verde que en casa en su propio corral, ese ya contrajo la peste.”

Suena como un pensamiento sabio sobre la vida, pensé yo. Con sus palabras, mi vecino había desencadenado una serie de pensamientos y reflexiones en mi mente. En ese momento no tuve presente que mi expresión facial debía ser una sola interrogación, debido a que Franz sacó ese tema así, sin más introducción. Me preguntaba qué iba a seguir diciendo.

La acústica en las escaleras es mala y no pude entender todo lo que mi vecino decía, porque las frases que él murmuraba, rebotaban débiles y sin frecuencia. Antes que sus palabras llegaran del todo a mis oídos ya se habían perdido en la escalera. Recién nos habíamos saludado, de manera cordial y amable, como siempre, y de repente esto: La peste, que querrá decir con eso? Ahora tenía toda mi atención. Me agarré mi mentón y lo seguí mirando de manera interrogativa. El entendió mi lenguaje no-verbal y me respondió como si hubiera esperado poder continuar: “La peste es aquellas ansias y el fervor que te alejan de tu familia” murmuraba él, como sabiendo el porqué yo lo miraba con tanta sorpresa. Una voz dentro de mí me susurraba, éste hombre sabe leer pensamientos, pero mi voz interna fue interrumpida por él: “Ansias y fervor también son familia.” Al decir esto, me miraba directamente a los ojos. De repente, su voz sonó muy fuerte y yo instintivamente me estremecí. Su mirada – Dios mío, tan asustadora! – esa mirad
a penetrante me remeció profundamente, y ese índice lacio de su mano derecha que movía frente a mi cara, Franz se acercaba mientras movía su índice de un lado al otro, oscilando como un péndulo. Se veía muy amenazante. De alguna manera, el dedo empinado oscilante me recordaba un péndulo de un metrótomo con su monótono y marcado tic-tac, eso tenía un potencial explosivo, parecido a una bomba con detonador de tiempo. Yo me puso nervioso, él por otro lado más sentimental. ¡Qué escena más impresionante! Franz logró transformar nuestra escalera en un telón de fondo surrealista. Intimidado y algo amedrentado me mantuve parado ahí, especulando sobre cómo reaccionar.

“La familia con peste de ansia y fervor no se mantiene por mucho tiempo. Imagínate, estos hasta tienen hijos. ¡Muchos!” se enojaba. “Su hijo mayor que fue concebido en estado de ebriedad se llama desenfreno. Y Desenfreno tiene muchísimos hermanos, ellos todos fueron engendrados bajo la influencia de ebriedad maniática. Se llaman Volubilidad, Susceptibilidad, Lascivia, Sensualidad, Indisciplina, Erotismo e Indomabilidad. Estos cabros se multiplican como conejos, son tantos que no puedo nombrarlos a todos. Aparecen siempre cuando saben exactamente que uno en verdad no los desea, pero secretamente ansia tenerlos presente. Son la anti-familia con carita de muñeca, que al final siempre se transforma en una mueca cuando te atrapan.”

¡Qué monólogo! A esa altura ya no quise escucharle, pero algo en mí no me dejó ser tan grosero, mientras él seguía insistiendo en que escuchara sus palabras: “Nunca me aferré a nada, y por eso perdí lo que no debió haberse perdido. He pensado mucho en eso. Me arrepentí de cosas que entendí demasiado tarde. Aprendí a valorar lo que aprendí en la vida – me he adaptado a mi realidad de vida cambiada. No sirve de nada estar descontento con lo que ya no se puede cambiar.”

Un pedernal sin detonador

Mi lenguaje no-verbal pareció inspirarlo a seguir.

Ahora dejó salir todo lo que se había juntado dentro de él. Paralizado, yo lo seguí escuchando hasta que nuevamente bajó el volumen de su voz a un murmullo. Tenía casi setenta años, su mirada parecía lejana, triste y algo petrificada. Profundas arrugas marcaban su cara algo deteriorada y así como hoy, no lo había visto jamás. Franz, ¿el soltero tristón? que algún día estuvo casado, tenía una familia y que un día él la abandonó, de eso me enteraba recién. Me conmovían sus palabras que salían entrecortadas por la debilidad de su voz. De nuevo se me hizo difícil entenderlo. La empatía inspira a la imaginación. Y ahí pude armar una imagen en mi cabeza de lo que pasaba en el alma de mi vecino. Repentinamente me pasó la palabra “nostalgia” por la cabeza.

Mi vecino estaba atrapado en una ranura dolorosa de nostalgia por sentir calor humano emocional. Aquel calor que no conoce otra cosa que cariño. Un cariño, una amabilidad que tiene el efecto de un pedernal en el que se enciende una chispa, de la que surge la llama de la comunidad. Su detonador se llama “familia”. Y es eso justamente que le faltaba a mi vecino. Él se había convertido en un pedernal sin detonador, Franz no tenía familia.

Ahora se me aclaraban muchas cosas, esas son emociones fuertes, pensaba yo, mientras me tomaba la cabeza y tragaba. Un drama tamaño no se puede improvisar. Mi vecino no solamente es una persona emocional, inteligente, además laten en su pecho dos corazones. Un corazón arde por la libertad incondicional, y el otro busca calor y protección. Tratando de juntar ambos extremos, fracasó terriblemente. Y aunque dijo que se había adaptado a su nueva vida, y que no quería sentir rencor, su gesticulación no me convencía de ello.

Me alegré no haberme mostrado insensible y el haberme tomado el tiempo para escuchar lo que mi vecino quería contarme. Pacientemente seguí escuchando y recordando un acontecimiento que había vivido hace muchos años. Aun me mueve, porque se trata de familia, madres e hijos, y de la nostalgia por sentir calor humano – aquel amor que entregan las madres. También trata de como nosotros valoramos muy tardíamente lo que aun tenemos y podemos perder en cualquier momento.

Algo parecido a lo que vivió mi vecino, que decidió tomar el camino más difícil para aprender demasiado tarde las lecciones. Antes que suceda eso, tenemos una y otra vez la oportunidad de decidir en contra o a favor de algo. Pero a veces el destino no nos pregunta y nos quita algo especialmente valorado por nosotros. Un hijo, una madres, una persona que amamos profundamente.

¿Se podrá vivir en libertad desenvuelta y total si se arriesga el calor y la protección de la familia? ¿O se podrá vivir la felicidad familiar aun teniendo la libertad restringida? Si es así, entonces felicidad real vivida en el seno de la comunidad familiar es ya en si felicidad doble, que supera el mayor premio de lotería de todos los tiempos.

Tal vez podamos encontrar respuesta con una cita de Albert Schweitzer, a quien le atribuyen las siguientes palabras: “Felicidad es lo único que se multiplica al dividirlo.” Le pregunto a ustedes, queridos lectores, ¿dónde se dividirá más (y sí, también se discutirá más) que en una familia? Sin embargo, si la tenemos, debemos pensarlo bien antes de arriesgar la existencia de la misma. No sabemos si la podríamos perder por siempre.

Les describiré en las siguientes líneas dos acontecimientos de la vida real. Nos muestran lo importante que es darle toda la atención a nuestra familia y a nuestros prójimos.

Un acontecimiento en Lourdes

Era mayo 2008 y yo estaba nuevamente en Lourdes. La ciudad se presentaba de manera diferente: inquieta, llena y nerviosa. Obvio, era el aniversario de 150 años de aquella visión de Maria que tuvo la Santa Bernadette. Mi grupo de peregrinos norte-americanos que yo había comenzado a guiar el día anterior era un grupo mayoritariamente de mujeres de edad y solo unos pocos varones. Habían tenido un viaje largo y estaban cansados, se oía solo algunos pocos conversar. No obstante, dos de ellos aparentaban no haberse cansado con el viaje. Era una pareja extraña, ella era una dama de aspecto cuidado y hablaba con una voz tranquila y una sonrisa interminable, llena de bondad. Él, por otro lado, su hijo como me enteré más tarde, era una persona que le gustaba debatir, y hasta discutir. Era alto y de pelo oscuro y sus sienes canosas resplandecían blancas. Era flaco, su nariz puntiaguda y los lentes de marco plateado le daban un toque intelectual, debía tener unos 45 años, no sonreía mucho y se encontraba debatiendo con su madre de manera constante. A mi me pareció que estaban siempre conversando, aunque lo hacían en voz baja, sin incomodar a los demás. Normalmente, Jim, que era el nombre del hijo, comenzaba a discutir temas bastante complicados con su madre, y después de pocas horas ya el grupo entero prestaba atención a las discusiones que tenían. Jim era profesor de literatura, y parecía que buscaba confrontarse con su madre sin tregua. A veces susurraban, a veces gesticulaban notablemente – sí o sí me causaba una cierta inquietud. Durante dos días observé ese conflicto verbal, hasta que decidí hablarles al respecto. Estábamos frente a la Basílica del Rosario y mientras yo explicaba el significado y función de esta iglesia, los dos nuevamente comenzaron a discutir. Los aparté un poco y les pregunté: “Ustedes son madre e hijo, ¿verdad?”. “Sí, ¿por qué?”, me respondieron algo molestos. “Disculpen, no me incumbe, sin embargo los he estado observando y veo que no paran de discutir.”. “Y ¿nos va a prohibir conversar ahora?”, me preguntó el hijo un poco enojado. “Claro que no, pero por favor recuerden la suerte que tienen en estar juntos.” Me miraron algo desconcertados. “Saben, existen relaciones entre madre e hijo que son totalmente diferentes.” “Y ¿en qué tipo está pensando usted?” “Saben, hace dos días he tenido una experiencia, que quiero contarles, para que entiendan lo que quiero decir. Esperen un momento.” Después de haber visitado la basílica hicimos un corto recreo y los tres nos sentamos a tomar un cafecito. “¿Cómo comenzar? Se trata de dos personas como ustedes, pero dejen que les cuente desde el principio. Fue antes de ayer, el viernes, cuando salí muy temprano en la mañana hacia el aeropuerto. Me había levantado muy temprano, poco después de las cinco de la mañana apagué el despertador, y salí de la cama, cansado. A las siete iba a salir el avión a Paris, y tenía que hacer algunas cosas antes. Iba a desayunar en el avión, pero debía responder algunos correos electrónicos, y tenía que completar mi equipaje. Mientras me tomaba, parado, una taza de café, observé que el taxi, que había pedido para las 5:45, se estacionaba casi sin emitir un sonido bajo mi ventana. Saludé al conductor, cerré la puerta de mi casa, bajé y partimos. Pasadas las seis entré a la sala de embarque en Frankfurt, hice el check-in, caminé hacia el gate y me di cuenta que el embarque ya había comenzado. No tuve que apurarme, ya que mi asiento se ubicaba en las filas delanteras, en la quinta fila, un asiento al lado de la ventana específicamente. Fui uno de los últimos pasajeros en abordar el avión y de lejos vi que en mi fila estaba sentada una persona. Era una señora de edad elegante. Ella estaba sentada en el asiento del pasillo, por lo que tuve que pedirle que se levantara para poder pasar. “Disculpe, señora, ¿le puedo ofrecer mi asiento de ventana?” le dije. Levantó su cabeza y recién allí me percaté de su cabello lleno y oscuro que tenía peinado de una manera muy fina y elegante. Pero también observé su cara y sus ojos. Vi la tristeza y el dolor, estaba abstraída y se notaba que deseaba estar tranquila. Demoró algo hasta contestarme lentamente: “Gracias, pero prefiero estar sentada en este asiento del pasillo.” Mientras pasaba a mi asiento tuve la oportunidad de verla mejor. Debía tener unos 75 años, su vestimenta era de aquella elegancia independiente de la moda, distinguida pero no necesariamente cara. Una apariencia que hoy en día no suele verse en aviones, donde los jóvenes y los hombres de negocios abundan. Me senté en mi asiento de ventana y – sí, lo debo confesar – estuve algo decepcionado ver que era bastante improbable comenzar una conversa con esta señora que pudiera matar mi curiosidad. Despegamos, tomamos desayuno y mantuvimos silencio. El asiento entre nosotros dos parecía tener el ancho de un kilómetro. Ninguna mirada de parte de ella, ningún intento de contacto de mi parte. Después de casi una hora de viaje comenzó el aterrizaje en Charles de Gaulle y yo ya estaba preocupado con el embarque al avión que me iba a llevar a Lourdes, donde iba a encontrarlos a ustedes, a mi grupo de peregrinos norte.-americanos. El avión aún estaba en movimiento cuando los pasajeros ya se comenzaron a levantar para abrir los compartimientos y sacar su equipaje y sus pertenencias. Cuando yo mostré intenciones de levantarme, ella me dejó pasar. Ya tenía yo mi bolso en la mano, estaba parado al lado de ella y todos esperábamos que se abrieran las puertas para poder salir corriendo hacia donde queríamos llegar. Ya me había olvidado de mi esperanza de poder comenzar una conversa con esta señora y le dije en un tono casual: “estoy algo apurado. No puedo perder el vuelo de conexión, en dos horas tengo que estar en Lourdes.” Y luego añadí una pregunta que desató todo: “Y usted ¿tiene que seguir hacia alguna parte?” Me miró con una mirada petrificada. “Sí, tengo que ir a Sudamérica, a Bogotá, a ver mi hijo.” Hizo una pequeña pausa mientras yo la miraba directamente a los ojos. “Mi hijo está muriendo. Es mi último viaje para verlo.” Espontáneamente le tomé la mano. “Debe ser fuerte. ¿Quiere contarme algo sobre su hijo?” Y fue allí, en esos cinco minutos que nos quedaban hasta que comenzara el desembarque, que las palabras brotaban como si se hubiera roto un dique. Ella era de Mainz, Alemania, y 1982 uno de sus hijos se fue a vivir a Colombia. Él quería ser piloto pero no veía oportunidad para serlo en Alemania. Un compañero de universidad de su marido se había trasladado a Bogotá en los años 50 y podía, eso decía, hacer el contacto con AVIANCA Airlines, la línea aérea más grande de Colombia. Pero luego todo fue diferente. Su plan, de convertirse en piloto, se disipó y en vez de eso fundó un comercio de componentes electrónicos, con el que muy pronto tuvo éxito. Se casó, tuvo hijos, y se convirtió en un hombre de negocios reconocido. “Nuestro hijo nos visitó muchas veces. A veces venía solo, a veces con su familia. Teníamos la impresión que él estaba bien, que su vida familiar era feliz. Y así era. Era grande y deportivo, vivía de manera saludable. Todo estaba bien hasta que…” Aquí hizo una pausa, pero ella ahora quería contarlo todo, de eso yo estaba seguro, y ella continuó: “En una visita al médico de rutina le descubrieron un linfoma.”

Linfoma es una denominación para todo tipo de enfermedad de los ganglios linfáticos, hay casi diez variantes de esta enfermedad, de benigna a mortal. “Sus médicos le dijeron que no se preocupara”, prosiguió contándome ella. “Que no era maligno y que con las pastillas se le iba a quitar rápidamente. Mi hijo confió en lo que le dijeron los médicos y no se preocupó mucho, pero –“, aquí hizo otra pequeña pausa, “lamentablemente había contraído una forma muy maligna de esta enfermedad.” La señora bajó la cabeza. Me había dicho lo que me quería decir, ahora lo había soltado todo. Enmudeció, notoriamente conmovida. Pero yo no pude quedarme callado, le tomé ambas manos. “Usted tiene una tarea muy difícil por delante, tal vez la tarea más difícil en toda su vida. Pero véalo como un privilegio poder acompañar a su hijo en esta hora más difícil para él. Su hijo ¡la necesita!” La abracé y le dije: “Estoy seguro que cuando usted llegue a su casa, cuando haya sentido el dolor de la pérdida, volverá a sentir su hijo de alguna manera. De este luto se desarrollará algo muy bonito, estoy seguro de eso. No sé si usted es creyente, pero vaya confiando en Dios.” Hasta hoy no sé de dónde salió esa convicción pero sonaba tan convincente, no solo para mí, también para ella. Sus ojos perdieron ese aire abstraído y volvieron a anclarse en la realidad. Me apretó las manos y me dio las gracias por mi interés. Esto todo ocurrió, de verdad, en los cinco minutos que esperábamos a que abrieran las puertas del avión. Recién se habían acabado y comenzamos con el desembarque, al abandonar el pasillo y cuando íbamos a ir por caminos separados, le entregué mi tarjeta y le dije al final: “Iré a orar por usted y su hijo en la Gruta de Aparición de Lourdes y encenderé una vela. Adiós, y salude a su hijo de mi parte.” Así nos separamos. “

“¡Que terrible!” La madre de Jim fué la primera en poder hablar. “Me encantaría saber qué ocurrió con ella, debería buscar contacto con esta señora cuando vuelva a Alemania.” Mientras tanto, Jim, el intelectual con toda su desenvoltura verbal, quedó mudo. Aparentemente yo había logrado lo que yo quería. Ambos se comportaron muy diferentes durante los próximos días. Eran más discretos y moderados, más amables, y mostraban la intención de borrar la impresión que los otros se habían hecho de ellos. Obviamente, cuando uno llega a conocer sus clientes, uno los trata con más confianza, por lo que no me sorprendió que Jim y su madre conversaran más conmigo. Me contaban de su hogar, Jim me contaba de su trabajo, y yo le contaba qué lo que hacía durante los meses de verano y así nos acercamos. Al despedirnos después de pasar una semana juntos, convenimos en mantener contacto. En la despedida, Jim me dijo: “Arthur, en el momento en que se entere que pasó con la señora y su hijo en Colombia, tiene que mandarme un correo.” Y con eso me pasó su tarjeta. No despedimos de manera amable, y les prometí escribirles. Volví a Frankfurt y estuve muy ocupado en los días siguientes, pero siempre volví a pensar en ese viaje a Lourdes. El 15 de Junio, unas tres semanas después, recibí un correo de la señora del avión. Se llama Marlies Köhler y me escribió lo suguiente:

Estimado Señor Pahl, antes que nada deseo darle las gracias por la conversación tan importante para mí en el avión y por haber encendido una vela por nosotros en Lourdes. Encontrarme con usted me ha hecho tan bien como haber conversado con un padre, que era lo que yo anhelaba ese día. Hace pocas horas he vuelto a Alemania y mi primer mensaje se lo dedico a usted. Sí, mi hijo falleció. Es tan doloroso expresar esto. Falleció en la noche del domingo a lunes, el 9 de junio. Sus últimas palabras fueron “hola mamita”. No fue fácil para mí, pero las palabras que me ha dedicado usted me habían preparado para la tarea más difícil que una madre puede tener en su vida. Mi marido no pudo acompañarme ya que él padece de cáncer y se encuentra en rehabilitación. No sé cuánto le afectará el fallecimiento de nuestro hijo en su proceso de sanación, pero temo lo peor. Claro que mi tristeza es enorme, y a veces no la puedo aguantar, y me pregunto una y otra vez: Señor, ¿por qué yo? Tres días después de mi llegada, mi hijo menor aterrizó en Bogotá. Juntos pudimos llevarnos a Achim, quien agonizaba, a casa, por lo que pudo estar durante sus últimos días rodeado por su familia. Día y noche no me aparté de su lado pero no le pude ayudar en mucho. Al menos falleció tranquilo y en paz. Tres días después de su muerte fue el funeral. Adiós, y espero que me pueda llamar en Mainz cuando tenga un poco de tiempo. Suya Marlies Köhler

Entretanto ya la he llamado y hemos acordado que yo la visitaré a ella y a su marido en otoño, cuando yo tenga más tiempo y ellos hayan superado un poco su tiempo de luto. El mismo día en que recibí el correo de la Sra. Köhler, yo cumplí mi promesa y le mandé ese mismo correo con algunas palabras explicativas a Jim, que pocas horas después me respondió.

Querido Arthur, gracias por cumplir su promesa pero debo confesar que, dado su contenido, hubiera preferido que no nos hubiera escrito. Estuvimos muy tristes. Mi madre y yo, créame, estuvimos como paralizados. Hemos estado sentados durante horas juntos, tomando té, mudos, nos mirábamos a los ojos con miradas embarazosas, y tratamos de asimilar lo que ya se había comenzado a mostrar en Lourdes. Saber que nos hicimos conscientes de la importancia de tener la madre cerca, y lo que significa para una madre de tener a su hijo sano y salvo, cerca. Créame, después de nuestro encuentro nos hemos transformado en otras personas. Para usted tal vez no haya sido nada especial, pero para nosotros ha cambiado mucho. Muchas gracias por ello. No nos olvidaremos jamás de esto.

Han pasado diez años y nuevamente estoy viajando sin pausa. Pero de cada viaje retengo algún recuerdo, algún granito en mi corazón. En su mayoría mantengo las personas que me encontré y lo que me han contado sus destinos en mi ser para toda la vida, pero de vez en cuando, Dios es tan bondadoso que me da uno u otro como amigo. Así como a mi vecino Franz. Desde aquel día en la escalera mucho ha cambiado entre nosotros, nos hemos acercado. Cuando lo veo, ya no paso al lado de el, murmurando algunas palabras corteses, no, yo paro, le estrecho la mano, le sonrío, le pregunto si tiene tiempo para tomarse un café conmigo, lo invito. Si acepta, le abro la puerta del departamento, le pido que entre y le ofrezco sentarse en el sillón del living. Esto pasa ya más a menudo. Sí, Franz y yo nos convertimos en amigos. Y me llamó la atención entender que él no es tan ermitaño como yo lo había pensado.

Amigos son como familia, tan valiosos e importantes. A veces, así como en el caso de mi vecino y yo, amistad puede ser un sustituto importante para la familia, que por cualquiera que sea la razón no se tenga. Lo que importa es la persona y su deseo de hacer lo correcto, para que nos ayudemos a repartir la felicidad que todos aspiramos tener entre todos nosotros.

Que bella es la vida, así pienso de tiempo en tiempo, cuando uno puede aliviar el dolor de tristeza con una conversa en el tiempo adecuado. O cuando uno puede hacerlos conscientes con un simple gesto del hecho que es maravilloso no tener que estar solo en este mundo.

Arthur Pahl

Arthur Pahl

Arthur Pahl nació en Gladbeck / Westphalia y creció en Würzburg. Después de entrenar en el sector hotelero, completó una pasantía en finos restaurantes suizos, trabajó como mayordomo en un transatlántico, vivió en los EE. UU., Colombia, Canadá y Brasil, turnándose de agricultor de arroz a comerciante de esmeraldas, taxista, vendedor de tumbas y corredor de bolsa, antes de regresar a Alemania, donde se desarrolla trabajando como guía turístico para grupos de turistas internacionales. El lema de Arthur es: “Escribir es vida – Leer es saber comprender la vida.

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