Sí las paredes de los aeropuertos hablaran contarían tantas cosas, por ejemplo, hablarían de la mezcla de sentimientos en momentos de despedidas de amigos o familiares, en la que parte de tu corazón se queda con ellos y la otra parte se abre a nuevos mundos. Hoy compartiré con ustedes amigos lectores uno de esos momentos decisivos en los que te vas porque sabes en lo profundo de tu corazón que es la mejor decisión y en el que al mismo tiempo anhelas que al retornar de esos viajes tengas el gozo de encontrar a tus amados intactos.

12 septiembre de 2018, casi las 6 de la tarde, sala Internacional del Aeropuerto El Dorado de la capital de Colombia, Bogotá. Allí en medio del ajetreo de los viajeros estaba yo en compañía de mis queridos padres y una de mis hermanas, rumbo a La India, un país enigmático y seductor. Recibí la bendición de Eduardo y Alicia; y con voz casi entrecortada les prometí volver a verlos al término de mi contrato laboral y reiterarles que sin importar las circunstancias, la edad o el país; el calor de hogar es el máximo tesoro que cualquier ser humano puede experimentar. Una de mis hermanas que me acompañó en este importante momento, me miró conmovida y ambas dejamos escurrir por nuestras mejillas algunas lágrimas. Me fui en paz y con la confianza de saber que con los cuidados de mis dos hermanas mayores; mis padres, ya casi cercanos a sus 80 años, estarían en las mejores manos.

Mi caminar hacia la puerta de salida fue tranquilo; mi cuerpo, mente y espíritu estaban preparados para emprender un viaje por las motivaciones correctas. Allí estaba la mujer de 38 años, tomado las riendas de su vida, con metas personales e intelectuales claras y con un deseo enorme de explorar nuevas culturas e intercambiar fascinantes viajes de vida con nuevas personas. En este viaje ya no me perseguía la sombra de la niña insegura que fui, quien una día, a los 23 años tuvo la oportunidad de pisar por primera vez tierras extranjeras para escapar de un capricho juvenil, que la llevó durante 7 años a una relación de codependencia en la que estuvo desojando margaritas y en los que por cada pétalo caído, hipotecaba parte de su gozo y paz interior.

Durante casi 40 horas de viaje entre escalas y horas de vuelos, imaginaba una y otra vez como sería mi encuentro con la vibrante cultura de La India. Al momento de llegar a mi destino final, la ciudad de Chennai; conocida hasta hace algunos años como Madrás, capital de Tamil Nadu, yo estaba completamente exhausta. Al siguiente día me percaté del intenso calor de la ciudad; comparable con la intensidad de los colores de los sarees. Los olores a incienso y aceites de coco estaban por todas partes, así como imponentes templos de belleza única que le dan un carácter especial a la ciudad; y por supuesto, las vendedoras de flores en cada esquina. La comida deliciosa, armonía de sabores, que quieres volver a repetir una y mil veces. Pero ante todo la sonrisa amplia de las personas y sus miradas absolutamente bellas y misteriosas.

Y es que este viaje sí que ha sido especial; un viaje de encantos y desencantos pero especial; un viaje agreste y sutil al mismo tiempo. Justo hoy cuando empiezo a hacer la cuenta regresiva para volver mi país, puedo decir que la experiencia en La India me cambió la visión del mundo. En lo profundo de mi corazón sé que una parte de mi vida se quedará aquí y otra añorará volver a ver a mi familia en Colombia. No sé si este será el regreso definitivo a mi país o si por el contrario será el comienzo de los viajes que presiento vendrán. De ser así, quiero que el tiempo que pueda pasar en casa sea el mejor; si es por una larga temporada, cuidar de mis padres sería un honor y si es por una corta estadía; que bonito sería compartir con ellos mis mejores instantes para luego continuar mi ruta, mi destino, mi llamado. Es allí donde el dilema será inevitable.

Desde la distancia empiezo a valorar más aquellas puertas de llegada en los aeropuertos donde las familias agradecen el reencuentro. Volver a ver a mis seres queridos no tiene precio, sentirme amada como hija ha sido el mejor regalo de mi vida y fundirme en un abrazo con mi madre, la mujer que hizo de mi lo que soy será el mejor de los bálsamos. Alicia, mi amada Alicia; sí a mis seis años te recité muchas veces el inocente poema infantil que decía: “Del cielo cayó una rosa, mi madre la recogió, se la puso en su linda cabeza y que linda le quedó;” esta vez madre lo haría con mayor sentimiento, porque gracias a ti comprendí que mi nacimiento no fue un error. Tú mujer preciosa recibiste con manos abiertas y sin esperar nada en contraprestación esa rosa que te caía del cielo; te la pusiste no sólo en la cabeza, sino en tu corazón e hiciste de ella el más bello de los jardines. Gracias madre; ni mis palabras, ni mis acciones podrán agradecerte la obra que hiciste en mi vida. Eres tú el mejor ejemplo del amor de Dios hecho carne.

Qué regalo más hermoso poder saber que a mi regreso mis padres me estarán esperando en el aeropuerto y de nuevo tendré el privilegio de mirarlos a sus ojos y decirles; hoy cumplo la promesa de estar aquí; gracias por cuidar de ustedes y mantenerse fuertes como los robles. Mi corazón se llena de alegría al saber que volveré a deleitarme con las historias de mi Alicia, historias que a cuenta de los años las conozco de memoria; pero que por su forma de contarlas y la alegría en sus palabras no dejan de sorprenderme como si fuera la primera vez.

No tendría un mejor regalo como el de acariciar las caritas de mis padres, de mimarlos, de cortar y cuidar de sus uñitas como solo una hija amorosa sabe hacerlo, de llevarlos al salón de belleza, caminar con ellos por las calles de Bogotá y disfrutar con ellos en una cafetería una taza del mejor café del mundo, el café de Colombia.

Y por supuesto que añoro probar los exquisitos platos de mi madre, especialmente sus empanadas. Puedo apostar que sí el café de Colombia es el mejor del mundo, las empanadas de mi madre son las más deliciosas del universo porque están hechas con amor y amor del bueno. Esta vez madrecita querida jugaremos parques hasta la madrugada y si tengo que escuchar el chocante golpe de los dados contra el tablero de juego, pensaré que es la mejor de las melodías.

Está carta dedicada a mi bella Alicia también se extiende a todas las madres del mundo y aunque no he tenido la fortuna de serlo, admiro a todas las madres por su valentía, por ser la fuente que emana vida, el resguardo seguro en momentos de quebrantamiento, por el tiempo, la entrega y por amar a sus hijos en formas tan incondicionales que en lugar de oprimirnos, nos permiten abrir las alas para volar en la búsqueda de nuestros propios destinos.

Leave a Reply





Durch die weitere Nutzung der Seite stimmst du der Verwendung von Cookies zu.

Weitere Informationen

Die Cookie-Einstellungen auf dieser Website sind auf "Cookies zulassen" eingestellt, um das beste Surferlebnis zu ermöglichen. Wenn du diese Website ohne Änderung der Cookie-Einstellungen verwendest oder auf "Akzeptieren" klickst, erklärst du sich damit einverstanden.

Schließen